Miguel Servet de nuevo se sintió obligado a
publicar sus puntos de vista porque un pasaje de las Escrituras
le había convencido de que el reino del anticristo (el
papado) llegaría a su fin en 1585. Tenía la firme
convicción de que él era el Miguel al que se le
profetizaba que sometería al gran dragón. Un amigo
impresor de Basilea al que ofreció el manuscrito, no se
atrevió a imprimirlo. Finalmente, tras muchas dificultades
y habiendo desembolsado mucho dinero, se imprimió secretamente
en una casa vacía de Vienne sin mencionar el lugar, el
impresor ni su autor. No obstante, Miguel Servet no pudo resistir
la tentación de incluir sus propias iniciales al final
e insertar su nombre en diversas partes del texto. Esta obra se
tituló Christianismi Restitutio. Cerca de la mitad del
libro, consistía en un reaprovechamiento del contenido
de dos textos escritos anteriormente por Miguel Servet acerca
de la Trinidad. Sólo había añadido sus treinta
cartas a Calvino y un discurso dirigido a Melanchthon, conformando
en total un libro de casi 700 páginas. Se centraba en su
opinión sobre la necesidad de una reforma del cristianismo
más rigurosa y completa que la emprendida por los protestantes.
Aunque su línea de pensamiento estaba más desarrollada,
fundamentalmente no difería de otras obras anteriores.
Aun así, era más violenta que antes y, mientras
se dirigía más o menos por igual a los católicos
y a los protestantes, se mostraba especialmente duro hacia los
reformadores y criticaba severamente la doctrina tradicional de
la Trinidad con todas las armas proporcionadas por la razón,
la historia o las Escrituras. Es en este libro donde Miguel Servet
describió la circulación de la sangre, proceso que
se menciona en la sección "pasajes de la obra".
Pasajes de la obra
El
texto que sigue forma parte de los postulados de Miguel Servet
sobre la circulación de la sangre. Se le atribuye haber
sido el primero en publicar este descubrimiento. Aparece en su
último libro, Christianismi Restitutio:
“No sólo por tales obsequios sino también
por aquel que nos sopla el aliento del espíritu divino,
se dice que Dios nos da su espíritu (Génesis 2 y
6). Nuestra alma es como la antorcha de Dios (Proverbios 20).
Es como una llama del espíritu de Dios, un reflejo de la
sabiduría de Dios, creados a semejanza de esa sabiduría
espiritual, incorporados en ella, conservando la luz innata de
la divinidad, la llama de esa sabiduría excepcional y el
propio espíritu de la divinidad. Dios mismo declara en
el capítulo 6, que el espíritu de la divinidad era
innato en el hombre incluso antes del pecado de Adán. Nuestra
vida se nos otorga y se nos salvaguarda a través de la
bendición de su aliento, como Job dice en el cap. 10, 32
y siguientes. Dios introdujo el aliento del espíritu divino
en las narices de Adán con un soplo de aire, por eso perdura
(Isaías 2 y Salmos 103). Dios mismo nos mantiene el soplo
de vida con su espíritu, dando aliento a esos seres que
habitan la tierra y espíritu a esos que la pisan, por eso
vivimos, nos movemos y existimos en Él (Isaías 42
y Hechos 17). Viento de los cuatro vientos y aliento de los cuatro
alientos unidos por Dios que resucitan a los muertos (Ezequiel
37). A partir de un soplo de aire, Dios concede el espíritu
divino a hombres en los cuales la vida del aire inspirado ya era
innata. De ahí que en hebreo "espíritu"
se represente de igual forma que "aliento". A partir
del aire, Dios otorga el espíritu divino, introduciendo
el aire junto con el espíritu mismo y la llama de la propia
divinidad que llena el aire. Como cita Aristóteles en sus
libros De anima, la idea de Orfeo de que el espíritu divino
es transportado por los vientos y entra con una inspiración
plena es cierta. Las enseñanzas de Ezequiel nos dicen que
el espíritu divino contiene una especie de sustancia elemental
y, como Dios mismo enseña, se trata de algo presente en
la sustancia de la sangre. Explicaré este asunto detenidamente
para que puedan así comprender que la sustancia del espíritu
creado de Cristo está fundamentalmente unida a la propia
sustancia del espíritu santo. Me referiré al aire
como espíritu porque en lenguaje sagrado no existe un nombre
específico para designar al aire. Es más, este hecho
indica que el aliento divino está presente en el aire que
el espíritu del Señor llena.
Para que usted, lector, pueda disponer de la doctrina completa
del espíritu divino y del espíritu, añadiré
aquí la explicación de la filosofía divina
que fácilmente comprenderá si tiene conocimientos
de anatomía. Se dice que existe en nosotros un triple espíritu
formado por tres elementos superiores; el natural, el vital y
el animal. Afrodiseo les describe como tres espíritus.
Sin embargo, no son tres sino un único espíritu
(spiritus). El espíritu vital es el que se comunica a través
de la anastomosis desde las arterias hasta las venas, donde pasa
a denominarse espíritu natural. Por lo tanto, el primero,
el espíritu natural, es el de la sangre, y se encuentra
en el hígado y en las venas del cuerpo. El segundo es el
espíritu vital, el cual se halla en el corazón y
en las arterias del cuerpo. El tercero es el espíritu animal,
una especie de rayo de luz, y está en el cerebro y en los
nervios del cuerpo. En todos ellos reside la energía de
un único espíritu y la luz de Dios. La formación
del hombre en la matriz demuestra que el espíritu vital
se comunica desde el corazón hasta el hígado. Pues
una arteria unida a una vena se comunica a través del ombligo
del feto, y de igual manera, poco después, la arteria y
la vena se unen para siempre en nosotros. El espíritu divino
de Adán fue inspirado de Dios hasta el corazón antes
de llegar al hígado, y desde allí ya fue transmitido
hasta el hígado. El espíritu divino entró
realmente por la boca y la nariz, pero la inspiración se
extendió hasta el corazón. El corazón es
el principal órgano viviente, la fuente de calor que se
halla en medio del cuerpo. Toma del hígado el líquido
de la vida, una especie de sustancia, y a cambio le da vida, de
forma que el agua líquida proporciona sustancias para elementos
superiores y a través de éstos y de la luz, se le
vivifica para que, a cambio, pueda coger fuerza. El material del
espíritu divino surge de la sangre del hígado a
partir de un proceso sorprendente que ahora pasaré a detallar.
De ahí que se diga que el espíritu divino está
en la sangre y que él mismo es la sangre o el espíritu
sanguíneo. No quiero decir que el espíritu divino
se encuentre principalmente en las paredes del corazón,
del cerebro o del hígado sino que reside en la sangre,
como Dios mismo dice en Génesis 9, Levítico 7 y
Deuteronomio 12.
Sobre este tema debe primero entenderse la importante creación
del espíritu vital, compuesto de una sangre ligera alimentada
por el aire inspirado. El espíritu vital tiene su propio
origen en el ventrículo izquierdo del corazón, y
los pulmones tienen un papel importante en su desarrollo. Se trata
de un espíritu enrarecido, producido por la fuerza del
calor, de color amarillo rojizo (flavo) y de potencia igual a
la del fuego. De manera que es una especie de vapor de sangre
muy pura que contiene en sí mismo las sustancias del agua,
aire y fuego. Se genera en los pulmones a partir de una mezcla
de aire inspirado con la sangre elaborada y ligera que el ventrículo
derecho del corazón comunica con el izquierdo. Sin embargo,
esta comunicación no se realiza a través de la pared
central del corazón, como comúnmente se cree, sino
que, a través de un sistema muy ingenioso, la sangre fluye
durante un largo recorrido a través de los pulmones. Elaborada
por los pulmones, adquiere el tono amarillo rojizo y se vierte
desde la arteria pulmonar hasta la vena pulmonar. Entonces, una
vez en la vena pulmonar, se mezcla con aire inspirado y a través
de la expiración se libera de sus impurezas. Así,
completamente mezclada y preparada correctamente para la producción
del espíritu vital, es impulsada desde el ventrículo
izquierdo del corazón por medio de la diástole.
Sabemos que esta comunicación se establece así
a través de los pulmones por las distintas combinaciones
y la conexión de la arteria pulmonar con la vena pulmonar
en la cavidad pulmonar. El tamaño considerable de la arteria
pulmonar lo corrobora, pues no sería de ese tamaño
ni emitiría tal fuerza de sangre pura desde el corazón
hasta los pulmones sólo para proporcionar el alimento de
éstos. Tampoco el corazón daría este servicio
a los pulmones, pues, como decía Galeno, durante los primeros
meses del embarazo, en el embrión, los pulmones reciben
el alimento de otra parte ya que esas pequeñas membranas
o válvulas del corazón no se abren hasta el momento
del parto. Por lo tanto, el hecho de que la sangre mane de forma
tan abundante desde el corazón hasta los pulmones en el
mismo momento del nacimiento tiene otro propósito. De igual
modo, se envía aire mezclado con sangre, no simplemente
aire, desde los pulmones hasta el corazón a través
de la vena pulmonar, por lo que la mezcla se produce en los pulmones.
Esta sangre espirituosa se torna de color amarillo rojizo en los
pulmones, no en el corazón.
No hay suficiente espacio en el ventrículo izquierdo del
corazón para tal grande y abundante mezcla ni para que
allí se le imprima el color amarillo rojizo. Además,
esa pared central no es apta para llevar a cabo este proceso de
comunicación y elaboración, pues carece de vasos
y otros mecanismos que lo permitan, aunque quizás algo
podría traspasarla. Al igual que en el hígado se
produce una transfusión de sangre de la vena porta a la
vena cava, en el pulmón se realiza una transfusión
de sangre del espíritu de la arteria pulmonar a la vena
pulmonar. Si alguien compara estos procesos con aquellos que Galeno
describió en los libros VI y VII de De usu partium, se
dará perfectamente cuenta de una verdad que le era desconocida
a Galeno.
De esta forma, el espíritu vital es inyectado del ventrículo
izquierdo del corazón a las arterias de todo el cuerpo
y, para estar más enrarecido, busca las regiones más
elevadas donde se encuentre más elaborado, especialmente
en el plexo retiforme ubicado en la parte inferior de la base
del cerebro. Y así, aproximándose a la región
del alma racional, el espíritu animal empieza a formarse
a partir del espíritu vital. De nuevo por la poderosa fuerza
de la mente, se enrarece más, se elabora y se completa
en los finos vasos llamados arterias capilares que están
situados en los plexos coroideos y que contienen a la propia mente.
Estos plexos penetran en todas las partes más recónditas
del cerebro, rodeando internamente los ventrículos del
cerebro, y estos vasos, envueltos y entrelazados entre sí
hasta el principio de los nervios, sirven para introducir en estos
últimos la facultad sensitiva y la de movimiento. Esos
vasos están entrelazados con gran precisión, y aunque
se les llamen arterias, en realidad son los extremos de las arterias
que se extienden con la ayuda de las meninges hasta el principio
de los nervios. Se trata de un nuevo tipo de vasos. Al igual que
en el proceso de la transfusión de sangre de las venas
a las arterias, en la transfusión de las arterias a los
nervios existe un nuevo tipo de vasos de la membrana arterial
en la meninge, ya que son especialmente las meninges las que conservan
las membranas de los nervios. La sensibilidad de los nervios no
radica en su parte blanda, como ocurre en el cerebro. Todos los
nervios terminan en unos filamentos membranosos que poseen una
extraordinaria sensibilidad y a los que, por este motivo, siempre
llega el espíritu. Y, a modo de fuente, desde esos pequeños
vasos de las meninges, o plexos coroideos, el espíritu
animal fluye como un rayo a través de los nervios para
llegar a los ojos y otros órganos sensoriales. Siguiendo
la misma ruta a la inversa, se envían a esa misma fuente,
unas imágenes claras de elementos que van produciendo sensaciones,
penetrando por el interior a través del medio transparente,
es decir, el espíritu.
A partir de todo esto, queda suficientemente claro que el alma
racional no se aloja en esa masa blanda del cerebro, pues ésta
es una zona fría y sin sensaciones. Sin embargo, esta zona,
que está fría para poder atenuar el calor abrasador
que contienen los vasos, actúa como una almohada de los
vasos anteriormente mencionados para evitar que se rompan y como
un guardián del espíritu animal para que éste
no se disperse en el aire cuando se comunique con los nervios.
Por lo tanto, también se observa que los nervios conforman
la capa de la membrana de la cavidad interna, siendo así
unos fieles guardianes del espíritu reteniéndole
desde la meninge más blanda así como retienen otro
desde la más fibrosa. Esas áreas vacías de
los ventrículos del cerebro que desconciertan a filósofos
y médicos, no contienen otra cosa que el espíritu.
Los ventrículos se crearon en primer lugar como una cloaca
que recibe las impurezas provenientes del cerebro para poder analizar
los excrementos a partir de los cuales se originan unos deflujos
malsanos y para facilitar un camino hacia el paladar y la nariz.
Cuando los ventrículos están completamente llenos
de la pituita en la que las propias arterias o los plexos coroideos
están sumergidos, entonces, inesperadamente se produce
una apoplejía. Si un humor muy tóxico obstruye una
región, y su vapor infecta el cerebro, se produce la epilepsia.
Ocasionará otras enfermedades según la parte del
cuerpo en la que se instale una vez haya sido expulsado. Por consiguiente,
podemos confirmar que es la mente la que claramente está
aquejada de enfermedades. Debido al desmesurado calor de esos
vasos o a la inflamación de las meninges, se produce un
claro estado de delirio e histeria. A partir de las enfermedades
que se producen según su ubicación o sustancia,
a causa de la fuerza del calor y de la ingeniosa construcción
de los vasos que lo contienen, y a partir de las acciones de la
mente presentes en ella, podemos concluir que debemos considerar
detenidamente a esos pequeños vasos, pues todo el resto
de elementos y los nervios sensitivos están ligados a ellos
para que puedan recibir toda su fuerza. Por último, podemos
apreciar que el intelecto se ejercita en esa zona cuando, a raíz
del pensamiento que en ella se concentra, esas arterias laten
hasta las sienes. El que no haya comprobado todo esto, difícilmente
lo comprenderá. Los ventrículos se crearon en segundo
lugar para que una parte del aire inspirado que penetra a través
de los huesos etmoidales hasta los espacios vacíos pueda,
atraído por la diástole de los vasos del espíritu,
refrescar y ventilar el espíritu animal que contiene dentro
y el alma. En estos vasos, la mente, el alma y el ardiente espíritu
requieren una ventilación constante, de lo contrario, como
si se tratara de un fuego eterno que se hubiera tapado, se produciría
la asfixia. Como en el caso de un fuego común, no sólo
se requiere ventilación y soplidos constantes para que
pueda coger combustible del aire, sino también para que
pueda liberar sus vapores impuros en ese aire. Y de este modo,
el fuego externo común se une a un grueso cuerpo terrenal
debido a una sequedad común y a una forma de luz común,
para conseguir el líquido del cuerpo a medida que su alimento
es soplado, sustentado y nutrido por el aire. Así, ese
espíritu ardiente y nuestra alma están ligados al
cuerpo de igual manera, teniendo a la sangre como alimento. Es
soplado, sustentado y alimentado por el espíritu aéreo
a través de la inspiración y la expiración
para que se produzca una doble alimentación, espiritual
y corpórea.”
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