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Newsletter #3, January 2005

Miguel Serveto y la Astrología

Por Gr. José Barón Fernández, Medicina e Historia, 1963

I. Preliminar.

Miguel Serveto y Revés (no Servet, que corresponde a su versión afrancesada) ilustre español de la primera mitad del siglo XVI (I5II-1553), célebre en vida, adquirió fama póstuma por ser el autor de la primera descripción impresa de la circulación menor de la sangre. Murió en la pira defendiendo sus principios teológicos de los que no quiso retractarse. Ello ha cooperado, solidariamente con su contribución al progreso científico, a ­mantener la trascendencia de su nombre. Salvando los detalles, buena parte de sus hallazgos anatomofisiológi­cos permanecen vigentes. Su condición fue tan singular que ningún otro hombre de la época puede aportar la circunstancia biográfica de haber sido condenado tanto por los protestantes como por los católicos. Quemado en efigie por sentencia de la corte eclesiástica de Viena del Delfinado, su evasión sólo logró aplazar la muerte en la hoguera de Ginebra. La saña, la intransigencia y la intolerancia de Calvino lo hicieron factible.

Todo esto es bien conocido. No lo es tanto el que además de su ciencia médica y teológica, sus conocimientos incluyesen también la filología, las matemáticas, la geografía, la astronomía y la astrología. Su dominio del griego y el latín fue el instrumento que le permitió bucear en los textos antiguos e incorporarse a la tarea humanística de la época.

Serveto es un hombre cabal del Renacimiento. Pocos como él pueden ofrecer la suma de las condiciones pecu­liares del humanista: culto de la antigüedad clásica, estudio de la Naturaleza y, sobre todo, conocimiento del hombre. Lo que constituye la piedra de toque para contrastar la identidad renacentista de Serveto, no es ya su conocimiento del griego y el latín y su erudición acerca de la antigüedad clásica, sino la proyección de su cultura y su talento hacia la resolución de un problema humano. En este destino humano que da a su saber, pues, radica el verdadero carácter renacentista de Serveto. El humanismo de Serveto no sólo se manifiesta cuan­do, al hacer la disección del corazón, escribe lo que ha visto: «...el notable tamaño de la arteria pulmonar que no fue hecha de esta suerte ni emite "tan gran e importante volumen de sangre desde el corazón a los pulmones, simplemente para su nutrición...» que traduce el concepto renacentista de la observación ob oculos, sino en cua1quiera de sus escritos. Su preocupación por lo humano se manifiesta en su concepto de que el alma radica en la sangre. Una opinión que, sorprendentemente, expone en el Christianismi Restitutio un libro de teología. Y man­tiene ese mismo estilo en su edición de la geografía de Tolomeo e incluso en sus disquisiciones astrológicas. Si los astros tenían autoridad y gobierno sobre el cuerpo humano, su estudio sería del mayor interés.

En la polifacética vida de Serveto, su relación con la astrología es lo menos divulgado. Por ello hemos elegido este tema para desarrollar este ensayo.

II. La astrología en la Historia.

La Astrología, del griego astron, castro y logos, tratado, es la ciencia de los astros mediante cuyo conocimiento se podía deducir su pretendida influencia e intervención en los destinos y sucesos humanos. Mientras la astrono­mía es la ciencia que trata de los astros, ceñida a su estudio puramente teórico y al de las leyes a que están subordinados, la astrología pretendía, mediante un complicado sistema de normas y reglas, predecir los destinos humanos, (astrología judiciaria).

Esta mixtura de un supuesto arte y una pretendida ciencia mantuvo su vigencia durante muchos siglos. Hay que remontarse al estudio de la civilización caldea y de la cultura asiria, con sus divinidades astrales, para encontrar el primitivo fundamento de las teorías astrológicas. No en vano a la astrología se le ha llamado arte caldeo.

El propio Galeno no se pudo sustraer a esta tradición, aunque su sistema significó una tarea ingente y brillante, en el que su contribución a la astrología adquiere un rango subalterno, estableció la relación de la crisis de las enfermedades y los llamados días críticos vinculándolos con los cambios de luna.(l) Las manifestaciones periódi­cas de algunas enfermedades se relacionaban con los fenómenos cíclicos astrales a los que se imputaba la res­ponsabilidad de aquéllas.

Tolomeo, en el siglo II (d. de J.C.) fue el primero en aportar una explicación científica de la influencia estelar, con base en la teoría aristotélica de los cuatro elementos (calor, frío, sequedad y humedad) que tuvo su cons­tancia escrita en el Tetrabiblos) un compendio en cuatro libros en el que el destino de la astrología médica sólo aparece a modo de indicación.

La influencia que sobre la mente humana tuvo la astrología fue extraordinaria; no sólo porque es difícil sus­traerse a una doctrina que venía ejerciendo su influjo durante siglos, sino por esa tendencia del espíritu humano a reverenciar aquellas fuerzas sobrenaturales que se considera incapaz de dominar. Pese a ello, surgen ininte­rrumpidamente, hasta el Renacimiento, las disensiones de hombres eminentes que niegan el poder de las estre­llas para modificar los destinos humanos. Cicerón, como filósofo fulminaba la astrología, pero como retórico aprobaba sus principios. El artífice de la lengua del Lacio decía: «... algunos pretenden que los astrólogos cal­deos han verificado el nacimiento de niños, por cálculos y experiencias, durante un período de 470,000 años” esto, mantiene Cicerón, es totalmente imposib1e.(2)

El auge de la astrología presenta una corta remisión durante el imperio de Diocleciano, quien decretó la absoluta prohibición de sus prácticas, única concurrencia ideológica que tuvo con los cristianos.

La Iglesia cristiana, cuando al final del siglo II comenzó a asumir una posición más preeminente, tuvo que adoptar una actitud ante la astrología que, obviamente, fue de oposición. El arte adivinatorio, como inherente al paganismo, estaba prohibido a los cristianos. La aceptación de que los astros serían árbitros de los destinos hu­manos, conduciría a la doctrina del fatalismo hacia la cual mantuvieron siempre su más ferviente oposición los Padres de la Iglesia. Todo arte adivinatorio, al situarse por encima de las facultades humanas, sólo podía tener lugar mediante el concurso del demonio; la astrología, especialmente, era un arbitrio del diablo.

Durante los primeros siglos de la era cristiana, fueron muchos los debates mantenidos acerca de la astrología y su interpretación en armonía con la ortodoxia de los textos sagrados. Las disidencias, sin embargo, fueron nu­merosas. En nuestro propio país surgió la figura de Prisciliano, que a los signos del zodíaco los invistió con la calidad de patriarcas y a los planetas con la de ángeles. Otros atribuyeron al propio Dios hacer uso de las predic­ciones astrológicas, citando a este respecto el oscurecimiento del Sol coincidiendo con la muerte de Jesucristo y la guía representada por la estrella de los Reyes Magos. Esta última fue objeto de numerosas polémicas interpretativas que no vamos a exponer. Solamente señalaremos que una nueva exégesis fue propuesta por Chrisóstomo, (3) al mantener que la estrella de los Reyes .Magos no era una estrella común, ni un planeta ni un cometa y que su aparición había que calificar como un milagro, al margen por lo tanto del curso normal de los acontecimientos. Para robustecer la nueva exégesis, alegó como evidencia que esta estrella se había movido no de E a O, como las demás estrellas, sino de N a S, la ruta que une a Persia con Palestina.

Un renacimiento del interés acerca de la astrología surgió a partir del siglo XII como una consecuencia de la invasión de los árabes, tan adictos, como todos los pueblos orientales, al estudio de los cuerpos celestes y su influencia. El vehículo que reactivó el auge de la astrología estuvo representado por las traducciones de los textos antiguos, cuyo foco principal fue la escuela de Chartres, aunque personalmente la primacía corresponde a Gerardo de Cremona (1114-1187) quien, aunque italiano de origen, se estableció en Toledo, por cuya coyun­tura posee España, en su biblioteca de El Escorial, muchas de sus versiones. Entre sus traducciones relaciona­das con la astrología figuran el Almagesto _que frecuentemente se confunde con la geografía de Tolomeo- y dos obras de Aristóteles -hasta entonces desconocidas- que jugaron un papel importante en la historia de la astro­logía: Meteorológica y De Generatione et Corruptione.

El famoso médico Arnaldo de Vilanova (1240-1311) cultivó la astrología con fervor y publicó dos tratados acer­ca de ella. Ramón Llull, por el contrario, la combatió y condenó desde el punto de vista religioso, con frase corta y clara: “Heretge es aquell qui ha major temor de Geminis y Cancer que de Déu”.

El canon aristotélico fue un factor decisivo en la doctrina astro1ógica del medioevo. Y aún cuando difiriendo en el detalle, los intérpretes de Aristóteles, desde Averroes, Avicena y Santo Tomás de Aquino, hasta Alberto el Grande y Dante, (4) aceptaron la teoría aristotélica del movimiento como un postulado fundamental. La clave para armonizar las diferencias con el criterio tradicional de la Iglesia, la ofreció un párrafo de la De Civitate Dei(5) de San Agustín, en el que aún admitiendo la influencia de las estrellas sobre los cuerpos humanos, el libre albe­drío del hombre permanecería en toda su integridad. La Iglesia, según el caso, aceptaba la astrología, sin me­noscabo de las doctrinas patrísticas y al propio tiempo podía mantener su intransigencia frente a la magia y la astrología judiciaria.

Vemos, pues, que la astrología judiciaria siempre fue condenada por la Iglesia, lo cual nos interesa subrayar en cuanto pueda concernir, acerca de las actividades astro1ógicas de Serveto de que nos ocuparemos más adelante. El principio fundamental de la astrología se basaba en la antiquísima idea de que los fenómenos del Universo (macrocosmo) estaban ligados o relacionados con los del hombre (microcosmo). Esta supuesta analogía entre Uni­verso y hombre, proclamaba que todas las partes del macrocosmo tenían sus correspondientes en el microcosmo y ejercían su directa influencia sobre ellas. Al atribuir a cada signo del Zodíaco (fig. 2) una acción astral sobre una parte o un órgano preciso del cuerpo humano, no se podía prescindir de la astrología aplicada a la Medicina. Así, Marte es varonil, Venus femenino, Aries domina en la cabeza del hombre, porque la fuerza del carnero re­side en su cabeza, Tauro el cuello, etc. Ello condujo a la estructuración de una patología astral que el médico se veía obligado a conocer. La constitución astral de un paciente venía determinada por la posición de los astros en e1 momento del nacimiento, que había de especificar hasta el extremo de minutos. Las personas pudientes se ha­cían determinar por el astrólogo qué estrellas influían en el momento de su nacimiento (o según otros en el de su concepción).

La intransigencia hacia la práctica de la astrología judiciaria fue adquiriendo progresivamente una mayor rigi­dez, y la quema en la pira del primer astrólogo herético--Cecco d' Ascoli- en 1327, fue la expresión pública del grado que adquirió la intolerancia. Ceceo había calculado el nacimiento y muerte de Jesucristo mediante el con­curso de la astrología. (6) El fulminante que hizo estallar el proceso fue la envidia de sus colegas. Un factor que ha jugado y sigue jugando, un papel de primacía en la historia de las responsabilidades atribuidas a los hom­bres. Ceceo d'Ascoli, profesor de astrología en la Universidad de Bolonia, nos legó en su Acerba, un tratado so­bre la nigromancia, amén de sus opiniones astro1ógicas. La figura de d' Ascoli ha merecido un gran interés en los últimos tiempos y surge, peraltada en el horizonte intelectual italiano del siglo XIV, con un contorno muy destacado. Las irregularidades que parecen haber sido la 'norma del proceso y el contraste ofrecido por la serena actitud mantenida por él durante su juicio y ejecución, han sido los ingredientes que han suscitado el renacimien­to del interés por la vida del primer mártir de la astrología.

Durante el Quattrocento no sólo fue la doctrina de la Iglesia la que se enfrentó con la astología y la nigromancia, sino la nueva corriente del Humanismo. Petrarca, la figura germinal de este movimiento, que vivía en la corte de los Visconti en Milán, tuvo la oportunidad de conocer, entre bastidores, a los astrólogos y nigromantes y co­sechar los elementos que servirían de base para ridiculizados con su sátira e ironía. Hagamos el inciso de que también Petrarca escribió un mordaz tratado Contra Médicos. En el desdén que mostró hacia la ciencia, árabe habrá que buscar la razón de esta postura, habida cuenta de la influencia que la medicina islámica ejerció sobre la época.

El aire fresco del Humanismo que invadió Europa, adquiriendo en Italia una mayor dimensión, al ofrecer el módulo de la Antigüedad griega y romana, contribuyó a dar paso al Renacimiento, pero impregnó a éste – pese a Petrarca y Pico de la Mirándola - del estilo supersticioso legado por aquella, que tuvo su expresión práctica en el culto de la astrología.

De esta forma a lo largo del Renacimiento, los emperadores, los príncipes los municipios e incluso los Rapas, desde Alejandro IV (7) hasta León X en pleno siglo XVI -con la decorosa excepción de Pío II-, no sólo fueron alentadores de la astrología sino que incluso mantenían astrólogos adscritos a sus nóminas.

Pero el selecto espíritu italiano no aceptó plenamente la superstición, pese a que viniese arropada con la tradi­ción antigua. Comenzaron a surgir disensiones en los círculos más esclarecidos, especialmente en Toscana, bajo el influjo de los Médicis y fue Pico de la Mirándola quien asumió el lugar más destacado en la lucha contra la astrología. Con la publicación de su obra Adversus astrólogos (8) avalada por su inmenso prestigio contribuyó, más que ningún otro humanista, a combatir la astrología. Una cooperación en este sentido está representada por los españoles, que fueron también en Italia, hostiles a la astrología, según Burckhardt. Claro está que esto hace referencia al período anterior a Carlos V, pues éste -como nos recuerda Vesalio en el prólogo de la Fabrica – (9) era un gran aficionado a la astrología y adepto al concepto de la interacción entre el macro y el microcosmo. Tam­bién Felipe II recibía informaciones acerca de lo que los astros le tenían reservado. En uno de los momentos más cruciales de su vida -la víspera de la batalla de San Quintín- Nostradamus, el astrólogo predilecto de Catalina de Medicis, le envía un horóscopo. Felipe II lo quemó sin leerlo, “por miedo a que la superstición le hiciese tímido o temerario” . (10) Aunque a medida que nos vamos adentrando en el siglo XVI la astrología y la hechicería – tan vinculada a ella- van perdiendo su importancia, todavía se encuentran manifestaciones de su influjo, aun­que a veces comentado con ironía. Recordemos que, ya en la segunda mitad del siglo XVI, Francisco Valles -el Divino- médico de Felipe II, con ocasión de tener que administrar una purga a su Rey, ante la circunstancia adversa de la Luna llena, dijo humorísticamente: “cerremos la ventana para que la Luna no se entere”.

Aunque inicialmente algunas de las figuras del Renacimiento, aceptaron la astrología por estar sancionada por la Antigüedad, pronto el carácter inquisitivo que en busca de la verdad animó a sus hombres más ilustres alumbró la idea de un nuevo sistema planetario. Con la publicación de su De revolutionibus orbium coelestium, Copér­nico, al demoler el sistema de Tolomeo asestó el golpe de gracia a la astrología, puesto que su principio funda­mental establecía que el microcosmo, es decir el hombre, constituía el fin de los astros que hacían llegar a él su influencia., benéfica o maléfica. Los humanistas ratificaron su veneración por la Antigüedad al confirmar que los clásicos de la Hélade compartían el criterio copernicano sobre el sistema heliocéntrico.

III. Serveto y su curso sobre astrología.

Miguel Serveto se matriculó en la Facultad de Medicina de París el 25 de marzo de 1537; (11) se había trasladado a la capital de Francia, siguiendo probablemente el consejo de un amigo lionés Sinforiano Champier. No debía de estar muy holgado de dinero, puesto que los únicos ingresos de que tenemos noticia son los procedentes de la primera edición de su Syruporum Universa Ratio que vio la luz ese mismo año; los derivados de la primera edición de1 Tolomeo ya se habrían agotado puesto que se publicó en 1535.

Serveto había ingresado en el Colegio de los Lombardos y para subsistir explicó un curso sobre matemáticas, con la amplitud con que se consideraba en la época, es decir: astrología, astronomía y geografía, unas disciplinas sobre las que estaba versado y unos conocimientos flamantes por reciente estudio. La publicación del Tolomeo le había procurado un prestigio en la materia, que justificaba no sólo el numeroso público asistente al curso, sino también su calidad. Entre los concurrentes figuraba Pedro Pa1mier, arzobispo de Viena del De1finado, que tanta relación e influencia habría de tener, andando el tiempo, sobre la vida de Serveto.

Aunque como ya hemos visto en el esquema histórico previo, la astrología no solía ser ajena a los médicos de la época, nuestro aragonés, franqueando los límites de sus amistades con los físicos de la época, contaba entre sus amigos a personas muy versadas en esta disciplina, tales como el español Antonio Gonza1vez de To1edo, que había escrito una “Carta en defensa de la astrología” y editado el Amicus medicorum del franciscano Juan Gani­vet, a quienes conoció en Lyón por mediación de Champier.(12)

Durante su curso, Serveto pronosticó la aparición de guerras y pestilencias, haciendo una defensa de la astrología judiciaria. Los conocimientos astronómicos y astrológicos de Serveto eran profundos. Lo confirma el que pudo va­ticinar un eclipse de Marte por la Luna, para el 13 de febrero de 1538 y la amplitud de la cultura que poseía en estas disciplinas, puesta cumplidamente de manifiesto en el folleto que publicó y comentaremos más adelante. Es curioso que el referido eclipse haya sido confirmado por el profesor Tacchini,(13) quien demostró que hubo tal eclipse, visible desde París el 13 de febrero de 1538, a las 13 horas 9' y 21".

Independientemente de las lecciones públicas, Serveto dictaba clases privadas y tanto en unas como en otras se refería a la influencia de los astros sobre el hombre. Entre los libros que leía públicamente parece que figuraban los del árabe A1chabitius y el titulado Divinationibu,} probablemente De Divinatione de Cicerón.

Como la astrología judiciaria estaba castigada con la pena de la hoguera, las autoridades académicas intervinie­ron a fin de impedir el que Serveto continuase explicando su curso y fue el cirujano Juan Tagault, a la sazón decano de la Facultad de Medicina, quien por razón de su cargo le incoó proceso ante una denuncia presentada contra nuestro aragonés, que ya entonces había cambiado su nombre por el de Miguel de Villanueva (Michael Villanovanus). Tagault llevó adelante el proceso no sólo por la insolencia y el poco respeto manifestado por Ser­veto hacia él, sino por la predicción nefasta que había hecho del eclipse del 13 de febrero observado por Villano­vanus, ya que al encontrarse Marte en la vecindad de una estrella llamada Corazón de León (Regulus) hizo el siguiente presagio:

“Por lo cual yo he predicho que el año próximo los corazones de los leones serán más excitables, es decir que los espíritus de los príncipes serán más inducidos a las empresas guerreras; que muchos países serán devastados por el fuego y por el hierro, que la Iglesia sufrirá, que algunos príncipes morirán y desarrollarán las pestes.”

Ordenada la supresión del curso por Tagau1t y después por el claustro en pleno, Serveto respondió mandando imprimir un folleto de 16 páginas, que tituló: Michaelis Villanouani in quendam medicum Apologetica disceptatio Pro astrología, de que más adelante nos ocuparemos.

Tagault se dirigió primero a Serveto personalmente, con ocasión de que éste terminaba de hacer una disección en unión de otro médico. Parece ser que la respuesta del aragonés, no estuvo precisamente matizada por el tono y el respeto que merecía el Decano, sino que la réplica servetiana fue un anticipo del seco e inflexible estilo polémico que caracterizaría su controversia epistolar con Calvino. Poseemos una constancia, escrita en latín, de la forma en que se desarrollaron los acontecimientos, pues en el libro de actas de la Facultad de Medicina de París vol. V, año 1538 viene el relato 14 de la forma en que -según las autoridades académicas- se desarrollaron los aconte­cimientos (figs. 3, 4 Y 5).

Ofrecemos seguidamente una versión resumida por nosotros, de las circunstancias más fundamentales de la na­rración, que por ajustarse al texto original resulta un tanto deslavazada.

“Cierto estudiante de Medicina, Michael Villanovanus, de nación hispana, según dice navarro, aunque hispanos sus progenitores, durante algunos días del año de 1537, explicó astrología judiciaria o de la adivinación en Pa­rís, cuyas lecciones abandonó por haber oído que la dicha astrología judiciaria era condenada por los doctores médicos parisienses, tanto en sus lecciones privadas como en las controversias públicas. Indignado Villanova­nus dio a la imprenta una "Apología" en la que atacaba a ciertos doctores y al colegio médico parisiense.”

Agrega el Decano, que Serveto hacía el presagio de guerras, pestes y dificultades para la Iglesia, y añade que nuestro aragonés imbricaba la astronomía adivinatoria (sic) con la verdadera astronomía. Como Decano le con­minó a que retirase la impresión de la dicha "Apología". Villanovanus no hizo caso de la advertencia pese a las amenazas que le dirigió el Decano cuando salía de hacer una disección en unión de otro cirujano. Cuando co­menzó la distribución de la "Apología", afirma el Decano que llevó un ejemplar a la autoridad superior, para que prohibiese su venta, presentando la denuncia ante el procurador general del Rey. Además presentó suplica­torio ante el abogado del Rey. Se ordenó a Villanovanus el que compareciese al día siguiente en la curia. Lo hizo en forma inconsiderada y atrevida. Dicho día no se pudo hacer nada por impedimentos de la curia. Mientras, el Decano, para respaldar su acción, recabó la adhesión de cada una de las Facultades, que le fue concedida. Villanovanus envió emisarios como mediadores. Aceptó el Decano con la condición de que reconociese su error, a lo que se negó, respondiendo con jactancia. En otra reunión, el Decano pidió la ratificación de la adhesión de las Facultades, que no solamente se la concedieron sino que nombraron delegados, designándose además dos abogados, el Sr. Seignier y el Sr. Santiago Le Febure, que fueron instruidos por el Decano. El 18 de marzo se reunió el Consejo ante el que comparecieron tres teólogos, dos doctores en jurisprudencia, el Procurador General de la Universidad y el Decano. El Dr. Seignier habló en defensa de la Universidad, el Sr. Le Febure por la Facul­tad de Medicina y en tercer lugar Marillac en favor del astrólogo-adivino (que es como designa el Decano, en esta ocasión, a Serveto). Marillac, según el relato, no hallaba argumentos con qué defender a nuestro aragonés. Raimundo, del Patronato Real, pronunció un excelente discurso, y tanto él como los representantes de la Uni­versidad, coincidieron en condenar la astrología judiciaria y adivinatoria. Agrega el Decano que para el que el dicho astrólogo rectificase y se obligase a renunciar a su arte. La sentencia fue: prohibición de profesar la as­trología judiciaria en París y de atacar a los médicos parisienses verbalmente o por escrito, bajo pena de multa arbitraria o cárcel.

La Facultad de Medicina, además, requirió al Parlamento de París- que no tenía como en la actualidad fun­ciones legislativas, sino judiciales- para que prohibiese la impresión de la Apología, pero Serveto gratificó al impresor a fin de que activase la tarea. Con objeto de anticipar su salida y para difundir con más premura el texto, repartió los primeros ejemplares gratuitamente.

El día 18 de marzo de 1538, se vio ante el Parlamento de París, presidido por Pedro Lizet el proceso titulado “Contra Astrología Judiciariam” (15) entre el Rector de la Universidad de París y el Decano de la Facultad de Me­dicina, por una parte, como demandantes de la ratificación de ciertas peticiones y por otra parte M... (nombre en blanco) Villanovanus como defensor. El acusador, en nombre de la Universidad comenzó diciendo que la corte sabía que la astrología judiciaria, que podemos llamar adivinatoria, es reprobada por muchas leyes y constitu­ciones, tanto divinas y canónicas como civiles, porque sería una verdadera presciencia y juicio sobre las cosas futuras que está reservada solamente a Dios. A estos efectos sabe la corte que por las leyes civiles corresponde a la adivinación, la pena del fuego (subrayemos que era la primera petición para que muriese en la hoguera; todavía le faltaban dos, en otros tantos procesos).

El texto original agrega una cita de las Sagradas Escrituras, justificando la pena de la ignición. Y como la parte adversa (Serveto) es hombre inteligente y no puede pretender ignorar tales constituciones (leyes) y no obstante él ha hecho profesión pública y privada, en esta villa de París, de los libros de adivinación, y entre otros ha leído públicamente los titulados De Alcabiticis (sic) y De Divificationibus (sic), que son textos llenos de naturaleza de los hombres, de su fortuna y aventuras, tomando como argumento que según el día y la hora en que el hombre había nacido, él será tal o cual y su fortuna tal o cual otra, lo cual se reputa por la Facultad de Teología como reprobable y no obstante ello, por leerlo y enseñarlo recibe dinero, atrayendo muchos alumnos que dejan la verdadera Filosofía. En este punto el representante de la Universidad hace una cita de Pico de 1a Mirándola, ya mencionado por nosotros, como uno de los más hábiles detractores de la astrología. No conten­tándose con su profesión pública y privada, ha escrito una "Apología" -ver más bien una invectiva- cuyas conclusiones son muy sospechosas.

En vista de ello -sigue el relato-, el Rector de la Universidad de París teniendo en cuenta la profesión del di­cho Villanovanus y la edición de su "Astrología" presentaron demanda a la corte para que en el futuro, ni en público ni en privado explicase astrología judiciaria y de no dar a la luz la dicha "Apología". Al saber el dicho Villanovanus, que la Universidad había hecho este requerimiento, la hizo imprimir con toda diligencia. Se le debe requerir para que sean condenadas todas y cada una de las "Apologías" que han sido impresas y entregarlas al escribano mayor para que la corte ordene lo que habrá de hacer con ellas. Le Febre, por el Decano y Doctores de la Facultad de Medicina de dicha Universidad, se expresa en términos similares contra la astrología judi­ciaria añadiendo que Villanovanus ha venido para estudiar en la Facultad, se le ha amonestado varias veces a fin de que se abstuviese de dicha profesión, pero no ha hecho caso; tampoco de las admoniciones que le ha he­cho el Decano, sino que en respuesta publicó una "Apología" que más bien es una invectiva, llamando monstruos e imperitos a los Doctores de dicha Facultad, siendo así que él es alumno y debería honrarles. Agrega Le Febre que el acusado cuenta con el apoyo de Juan Thiebault como parte adversa de la Facultad (posteriormente nos ocuparemos de este personaje -nuestro-) terminando con la petición de que se prohíba publicar tal "Apo­logía".

Marlhac, por el dicho Villanovanus, dice que la enseñanza que ha hecho públicamente de la astrología, se ha referido a la necesidad de que los médicos conozcan esta ciencia, pero jamás ha mencionado la astrología judiciaria. Hay muchos alumnos que le han oído y podrían testimoniar esto último; todos dirán que él no ha ha­blado más que de la astrología que concierne a las cosas naturales. En cuanto al importante tema del eclipse de Marte por la Luna, en las vecindades de la estrella Corazón de León y su vaticinio infausto, lo hizo según la ciencia de la astrología, por el conocimiento que él tiene sobre la ciencia de los astros. Pese a todo no afirma que por necesidad tenga que ocurrir así, pues Dios está por encima de todo y para demostrarlo agregó en el texto: «Quod Deus avertat» y ha dicho que el mencionado Villanovanus que de todo lo que él había afirmado se quería someter ludicio Senatus et Theologorum, y si se encuentra por ese juicio que se ha expresado errónea­mente, sea corregido; en cuanto a otras palabras criticadas, no son suyas sino de Hipócrates. Justifica el que haya llamado «peste» a los médicos imperitos porque Como dijo Plinio en su libro de Historia Natural: «Medid periculo nostro discunt et Artem Medicam experientur». Pese a todo lo acusan de mala doctrina, pero ha demos­trado que es tan buen cristiano como aquellos que le persiguen.

Por las palabras de la defensa se hace evidente el asesoramiento de Serveto.

Raimón, por el Procurador General del Rey, se expresa en términos similares a los anteriores.

La corte, por el bien, provecho y utilidad de la cosa Pública, y teniendo en cuenta las demandas hechas por parte del Rector de la Universidad de París y Decano de la Facultad de Medicina, ha ordenado y Qrdena al dicho Villanovanus, hacer lo posible por retirar y recuperar todas y cada una de las «Apologías» tanto de los impre­sores como de los libreros y otras personas y enviarlas al escribano mayor para que decida lo que se haga con ellas, todo bajo pena de multa arbitraria, a discreción de la corte y se encomienda al dicho Villanovanus reve­renciar y obedecer a la Facultad y sus Doctores como un buen y notable discípulo debe a sus maestros y pre­ceptores, prohibiéndole hablar y escribir contra la Facultad o los dichos Doctores cosas injuriosas. También en­comienda a la Facultad y Doctores el tratar dulce y amablemente al dicho Villanovanus, como los padres a sus hijos, prohibiendo además a Villanovanus el enseñar pública o privadamente la astrología judiciaria; pero haga, si bien le parece, profesión de astrología para la observación y disposición del tiempo y de otras cosas naturales, sin tocar a las cosas por las cuales se las pueda juzgar como «influjos particulares» de los cuerpos celestes, bajo pena de ser privado de los privilegios concedidos por el Rey a los escolares. Además, la corte prohíbe a los libre­ros e impresores vender o imprimir o exponer cualquier libro referente a la astrología que previamente no haya sido inspeccionado por un Doctor en Medicina y otro en Teología. El documento lleva fecha de 18 de marzo de 1538.

Tal es el relato oficial que transcribimos resumiendo su dilatado texto pero sin omitir lo fundamental. De su lectura se pueden extraer las siguientes conclusiones : ­

1ª El valor extraordinario de Serveto en el mantenimiento y la defensa de sus puntos de vista, aunque ello pudiese conducirle a la hoguera. No ya sólo porque ésta era la pena que podía deducirse de la práctrca, de la astrolo­gía judiciaria, sino porque existía el antecedente de Ceceo d' Ascoli quemado en la pira en 1327 por el mismo delito. Agreguemos la circunstancia agravante de que corría el riesgo de que se descubriese su identidad y sufrir la pena adicional que pudiese dar lugar, el haber publicado en 1531De Trinitatiss erroribus y en 1532 Dialogo­rum de Trinitate, colmados de doctrina heterodoxa. Habría que sumar al antetior el proceso que se le seguía en rebeldía, por la Inquisición de Tolosa de Francia, según decreto de 17 de junio de 1532. Como presunto reo de astrología era un reincidente, según se desprende de las palabras del acusador al afirmar que Serveto hizo caso omiso de las repetidas amonestaciones.

2ª Es evidente que la condena fue benévola. Retirar las «Apologías» y requerirle para que reverenciase y obedeciese a la Facultad y sus Doctores, era una sentencia indulgente, dulcificada por la reciprocidad recomendada a la Facultad y sus .Doctores de tratar benévola y amablemente al dicho Villanovanus, como los padres a sus hijos. Si actualmente nos parece una condena indulgente, mucho más debió parecerlo en la época, dominada por el fanatismo religioso. Buscando la explicación a estos hechos, puede dar la clave el nombre de Thiebault, citado por Le Febre durante el juicio como parte adversa a la Universidad y como persona que apoyaba a Serveto. Thiebault era nada menos que el médico de cámara de Francisco I de Francia, un padrino más eficaz que Amy Pe­rrín su valedor durante el proceso de Ginebra quince años más tarde. Thiebault se encontraba enfrentado con la Universidad y la Facultad de Medicina de París. Poco antes había sufrido un proceso por defender la astrología, en cuanto a su utilidad para predecir la constitución del enfermo, el curso de las enfermedades y su terminación. Es obvio que su posición era sólida e influyente, por cuanto se atrevía a terciar en un juicio que; tenía por tema los mismos motivos por los que él había sido acusado. Juan Thiebault poseía una personalidad de fir­mes trazos. Por ello despertó grandes afectos y estimación, pero también cosechó un terrible odio entre sus enemigos. (16) Oriundo de Holanda y de religión protestante, tal vez su amistad con Villanovanus fue el vehículo que condujo a determinados círculos holandeses las ideas antitrinitarias de Serveto, que tanla difusión alcanza­ron en los Países Bajos. Thiebault había sido en 1531, médico y astrólogo de Carlos V. Desde hacía varios años se encontraba en París, por haber sido requeridos sus servicios por Francisco I de Francia. La Facultad de Pa­rís no sólo le procesó por sus actividades médico-astrológicas ya mencionadas, sino además por su crítica de la medicina escolástica, pues sus conceptos se basaban en el empirismo. En su defensa jugó un papel importante el famoso médico Agrippa von Nettesheym, quien caricaturizó la ideología escolástica al propio tiempo que exal­tó los méritos de Thiebault con motivo de la epidemia de peste que sufrió Amberes. Agrippa era archivero im­perial en Malinas en la época del proceso y habrá que cifrar en su privanza, la decisión del tribunal de retirar la acusación contra Thiebault. Este archivero fue calificado por Calvino como blasfemo; un franciscano de la época lo conceptuó de judaizante. (17)

He aquí, pues, entrelazados, a Thiebault, médico empírico, astrólogo y protestante; Agrippa, heterodoxo y ca­balista y Serveto, empeñados sucesivamente en una acción solidaria de defensa mutua coronada por el éxito.

De este trío heterodoxo, al menos dos -Agrippa y Serveto- sufrieron terribles invectivas por parte de Ca1vino. Hagamos el inciso de que éste -diez años más tarde- escribió una «Advertencia contra la astrología que se llama judiciaria», admitiendo la astrología natural o verdadera ciencia de la astrología, «... de la cual extraen los médicos sus opiniones para ordenar sangrías, brebajes, píldoras y otras cosas en la época oportuna».(18) Como una ironía del destino, Calvino emplearía en su alegato los mismos argumentos, mutatis mutandis que utilizó el de­fensor de Serveto en este proceso.

3ª Al parecer, este juicio no impidió el que Serveto sustentase sus exámenes para alcanzar el grado de doctor que, durante el proceso de Ginebra, él afirmó poseer. En favor de ello consta que en el contrato firmado en Lyón, para la edición de la Biblia, se hace mención de su título de Doctor. Es cierto que en los registros de la Facultad de Medicina de París no ha sido posible hallar constancia de ello, pero es verosímil el que los registros estén in­completos. De cualquier forma, lo indudable es que abandonó prontamente París y se trasladó a Lyón. No sabe­mos si acuciado por las necesidades económicas o movido por el impulso irresistible de proteger su vida. No olvi­demos que era un simple estudiante, extranjero por añadidura, y a diferencia de Thiebault, sin cargo oficial alguno.

Con esto queda cerrado un nuevo capítulo en la turbada carrera de Serveto. Aunque valeroso y arriesgado, su existencia se ve matizada por el contrapunto del resguardo de su vida, en cuya defensa cuenta más la inexcusable continuidad de sus estudios teológicos y la divulgación de su credo, que el amparo de su ser. Esta actitud de Ser­veto se reitera como un ritornello, cada vez que lanza a la publicidad un nuevo texto heterodoxo que agrava su situación por la suma de los cargos precedentes. Los protestantes se acogían al favor de las comarcas ganadas a la nueva fe, bajo la égida de sus príncipes. Serveto se encontraba inerme, enfrentado a católicos y protestantes. Por ello, la gesta de su vida y la defensa que hizo de sus principios teológicos, de los que no se retractó ni ante el trance supremo en Ginebra, nos lo presentan como un hombre persuadido de que con sus interpretaciones ilu­minaba una nueva fe en cuya difusión, como apóstol de la nueva doctrina, tenía asignada una misión de alto bordo. Sólo así es posible interpretar la fidelidad con que perseveró en la defensa de sus principios teológicos que, lejos de perderse, cristalizaron en la doctrina llamada unitarismo.

IV. Apologética disceptatio pro astrologia.

La disertación apologética en favor de la astrología (19) publicada por Serveto, en un folleto de 16 páginas, no fo­liadas, que vio la luz en París, aunque no consta lugar ni fecha. Los dos ejemplares conocidos figuran en la Bi­blioteca Nacional de Francia. Tollín reeditó la Apología en 1889, con base en uno de ellos.

Se trata de un razonamiento polémico de Serveto contra Tagault, el Decano de la Facultad de Medicina, pero también encaminado indirectamente, a los Doctores de dicha "Facultad, que habían impugnado las enseñanzas as­trológicas de Serveto. La jactancia de nuestro aragonés como consecuencia de la absolución dictada por el Inquisidor de París ante la denuncia de herejía presentada por la Facultad de Medicina, había subido de punto y con la fe que defendía sus ideales, cimentados en su preparación humanística puesta al servicio de una inteli­gencia extraordinaria, arremetió contra Tagault, si bien sin nombrarle, no sabemos si por elegancia o por pru­dencia.

Nosotros vamos a glosar lo fundamental del folleto de Serveto tomando como base la versión francesa de Rude (20) y la inglesa de O'Malley. (21)

Su arranque es de este tenor:

«Cuando yo enseñaba públicamente la astronomía en París, un cierto médico interrumpió mis lecciones e inten­tó, mediante dos argumentos, demoler la totalidad de mis conceptos, tanto aquella parte que predice según las estrellas, como aquella otra que observa los movimientos celestes mediante instrumentos. Claramente él, el seguidor de otro incapaz que ha sido su nocivo informador, ha mostrado su ignorancia condenando a la ligera lo que ambos ignoran completamente.» He aquí cómo aborda Serveto su disertación: llamando ignorantes a Ta­gault, su Decano y al mentor doctrinal de éste, nada menos que Pico de la Mirándola del que ya nos hemos ocupado anteriormente como autor de Disputationes adversus astrologiam. De las 16 páginas de que consta el folleto, las II primeras no son más que una exposición acerca del criterio mantenido por los antiguos, respec­to a la astrología: desde citar al divino Platón que en su libro De la República muestra al circuito celeste come causa de las mutaciones de los asuntos terrestres, hasta Galeno en su De diebus decretoriis, pasando por Aris­tóteles, Sócrates, Tales de Mileto, Hipócrates y Pitágoras, todos van desfilando en un alarde de erudición. A los más grandes filósofos, agrega, ha parecido digno de fe lo que hoy parece ridículo a los ignorantes. Es en este punto en donde alude al eclipse de Marte por la Luna, base de su nefasta predicción. Seguidamente, con su estilo peculiar apela al expediente de citar a las Sagradas Escrituras, que afirman la creación de las estrellas, hecha por Dios a modo de signos informativos. El resto de la primera parte, al ceñirse al criterio de los antiguos, contiene una serie de afirmaciones, que parecen desatinos al lector de la época presente. Es verdad que Serveto alude, principalmente, a las influencias climatológicas y su repercusión sobre la salud de los individuos. Limitado a esto, no habría nada que oponer; quedaría enmarcado dentro de lo que hoy conocemos como Meteoropatología. Pero el peso de la tradición y la autoridad que concede, a los antiguos, le conduce a enlazar los fenómenos atmos­féricos con la predicción y la cautela ante el influjo de Syrio y Arturo, cayendo en la astrología judiciaria.

Finalmente, Serveto cita dos argumentos de su adversario. He aquí el primero:

«Si los astrólogos mienten a menudo, y no dicen la verdad, ellos emplean preceptos y doctrinas inconsecuentes e inconstantes ; y si las doctrinas astrológicas son contradictorias, la astrología no es una verdadera ciencia. Así, pues, si ellos mienten frecuentemente y no dicen la verdad, la astrología no es una verdadera ciencia (arte). Antes de exponer la réplica de Serveto, aclaremos que el argumento de Tagault se fundamenta en que para que haya ciencia, se precisa el que la doctrina sea constante y consecuente.

La respuesta de Serveto –resumida por nosotros- comienza por calificar de pueriles los argumentos del ad­versario. Apoyándose en Aristóteles afirma que su contradictor ignora la diferencia entre las doctrinas univer­sales, en virtud de las cuales existen las ciencias, y los juicios particulares, que no son consecuentes con ellos mismos. La doctrina de Hipócrates en el libro de los Presagios, es consecuente con ella misma y por lo tanto, siguiéndola dos médicos en el mismo enfermo, tendrán juicios diferentes y a veces diametralmente opuestos. Pero no por eso serán anuladas las doctrinas hipocráticas. Así las doctrinas de los astrólogos experimentados, son la mayoría de las veces consecuentes con ellas mismas; los juicios particulares que son deducidos diversa­mente por hombres diferentes, y a causa de distintas conjeturas, no son consecuentes con ellos mismos. Entonces la conclusión de su primer entimema no vale nada si ella condena las doctrinas en general. En todas las cien­cias, agrega, hay opiniones, diferentes y divergencias, que prueban no la imperfección de la ciencia sino la de los sabios.

Si nosotros observásemos todas las cosas de forma clara, evidente, no seríamos hombres sino dioses. Conviene, pues, admirar la sabiduría de Dios y reconocer nuestra debilidad, pero no condenar las ciencias.

Segundo argumento:

Si el señalamiento del horóscopo fuese cierto, sería necesario que el astrolabio no engañase ni al dioptra ni al ojo. Si no yerra ni al dioptra ni alojo será preciso que el cielo permanezca inmóvil y se extienda por todas partes ante los ojos. Para que esto pueda ser, es necesario que el astrolabio se equivoque, pues para que el señala­miento del horóscopo sea cierto, es necesario que las cosas no sean como son.

Respuesta al segundo argumento:

Serveto, mostrando un gran desprecio ataca con estas palabras : «El segundo argumento encierra una gran parte de tontería, porque queriendo parecer experto en matemáticas, delira de forma pueril». «Se puede hallar –agrega- un horóscopo sin astrolabio por ejemplo si yo veo el Sol naciente y conozco su inclinación por el calendario o de otra forma. Además, yo he enseñado en Geografía que se puede encontrar la línea meridiana de cuatro maneras. Una vez encontrada se conoce la hora del mediodía e inmediatamente el horóscopo. Pero concedámosle que yo quiera, a no importa qué hora, hallar un horóscopo con ayuda del astrolabio, por la altura del Sol o de cualquier estrella. ¿Será necesario para esto el que el cielo permanezca inmóvil? Esto puede parecerle a un ignorante pero no a un filósofo. Y para reforzar su punto de vista recurre a De anima de Aristóteles. Más ade­lante agrega: «... si el tratamiento prescrito por el médico fuese acertado será necesario que el medicamento posea tal número de cualidades contrarias como la enfermedad pueda tener, además del propio temperamento del enfermo. Si esto es así, es necesario el que estas tres partes constitutivas sean conocidas por el médico a la perfección, y por esto, que las cualidades de los elementos puedan ser observadas por él y medidas con precisión. Sin embargo no es necesario el que esto sea así puesto que Galeno en el libro De temperamentis nos enseña a conocer nuestros temperamentos por conjeturas solamente muy aproximadas, de suerte que inc1uso si son conocidas no se sepa cómo medir las partes. Igualmente yo deduzco que es necesario que el cielo permanezca inmóvil, porque desde el momento en que el médico conjetura sus remedios, hasta aquel en que serán empleados, ya se habrá producido algún cambio en la enfermedad, porque el cielo se ha movido. ¿Encargaremos a la enfer­medad y al cielo el que permanezcan estáticas durante ese tiempo?».

De esta forma, ensamblando las citas de los sabios de la Antigüedad, con el sarcasmo, la ironía y el ridícn1o, Serveto va desgranando los argumentos de su disertación polémica con el Decano. Finalmente agrega: “Otro argumento que aplica es de una ignorancia insoportable. Si, dice él, el astrolabio no se equivoca es necesario que el cielo se muestre extensamente ante nuestros ojos. ¡Qué estoy oyendo! ¿Será necesario escalar una montaña y abarcar con la mirada todo el horizonte? ¿ No se hallará un horóscopo viendo, por una ventana no importa qué estrella ?».

Termina finalmente con estas palabras: «Me ha complacido, auditores, el reunir en vuestro favor, estas no­ciones que no han sido jamás enseñadas por nadie, de forma que así tendréis el medio de defenderos si algún día alguien de esta especie hace un ataque contra nuestra ciencia. Adiós».

La lectura del folleto Apologetica dísceptatio pro astrología, suministra una valiosa información no sólo acerca del tema debatido, sino en lo que concierne a la personalidad de Serveto. Evidencia el estilo típico servetiano en el que se imbrican el talento, la erudición, la soberbia, la vanidad, el menosprecio y la inflexibilidad. No faltan las citas de las Sagradas Escrituras según su costumbre. Todo ello -justo es reconocerlo- desarrollado en una atmósfera de fidelidad a sus principios, manteniendo la honradez ideológica que fue su norma de conducta. Recordemos que estos acontecimientos sucedían en París en 1538. Por una ironía del Destino, sólo habrían le

Transcurrir cinco años -un segundo en la Historia- para que viese la luz De revolutionibus orbium coelestium. Copérnico contribuyó -sin proponérselo- a dar el golpe de gracia a la astrología, con una eficacia superior a la lograda por los polemistas en la controversia mantenida a través de siglos. Subrayemos, puesto que fre­cuentemente se olvida: que las repercusiones de las ideas copernicanas, sobre los conceptos medievales del hom­bre y del mundo, cualesquiera que fueran las vertientes sobre que influyeron, no tomaron cuerpo en cuanto a su aplicación, de una forma inmediata. Pero esto no mengua su trascendencia. Parece, por lo demás, una norma del progreso científico. Serveto, con su descubrimiento de la circulación menor, preparó el camino para la genial revelación de Harvey. Pero al igual que Copérnico carecía de la visión moderna de la astronomía, Serveto, como es lógico, distaba también de poseer los conocimientos modernos sobre fisiología.

Pese a que Serveto siempre fue un hombre valeroso que no retrocedía ante el peligro, su estrategia parece consistir en mantenerse irreductible en la defensa de sus opiniones -aunque ello implique riesgo físico para su per­sona- mientras él mismo se encuentra activamente defendiendo su doctrina. Pero serenado el ambiente o conclusa la polémica, en este caso por el veredicto del Parlamento de París, arbitra una solución de continuidad

que 1e ponga a buen recaudo. O bien cambia de nombre, o de lugar de nacimiento o de ambos, o pasa a ser un desconocido con el disfraz de un cambio de residencia. En esta ocasión optó por esta última providencia. El epílogo del proceso por astrología fue el abandono sigiloso de París y su traslado a la pequeña ciudad de Charlieu (Loire) a 500 kms. de distancia, en las cercanías de Lyón.

Bibliografía

1. DIEPGEN, P. Historia de la Medicina. Pág 139, Barcelona, 1932.

2. CICERÓN, M.T. De divinatione, 2-45. cit. por_WEDEL, T.O. en «The Medieval attitude toward astrology». Yale studies LX, 1920, pág 11

3. CHRISOSTOMO, Hom. in Matth. 6.citado por WEDEL,T.O. trab. cit. pág. 18.

4. WEDEL, T.O. trabajo cit. pág.64.

5. SAN AGUSTIN. De civitate Dei. MIGNE. Patrologiae cursus completus, serie latina. 41-146.

6. BURCKHARDT, J. La cultura del Renacimiento en Italia. Pág. 450. Barcelona, 1946.

7. VILLANI, G., Croniche VI. 81

8. BURCKHARDT, J. OP.Cit., Pág.452.

9. VESALIO", A.De humani corporis fabrica. Prólogo. Basilea, 1543.

10. WALSH, W. Th. Felipe II, Pág 219, Madrid, 1946.

11. TOLLIN, H. «Revue de Theologie Scientificque d’Hilgenfeld”, 1878

12. RUDE, F., «Michel Servet et l'astrologie». Bibl. d’Huma. et Renaiss. 20: 377-85. 1958.

13. CERADINI, G. Opere., Vol. 1, pág. 260, nota. Milá, 1906.

14. Libro de actas de la Facultad de Medicina de París. Año 1538, vol. V, págs_ 97 recto y verso y 98 r.

15. BULAEUS (Du Boulay). Historia Universitatis Parisiensis (1500-1600) VI; págs.,., 331-334, Paris,1673.

16. TOLLIN, H. «Der Königliche Leibartz und Hofastrologe Johann Thiebault Michael Servet's Pariser Freund». Arch. Path. Anat. Phys. Klin. Med..LXXVIII .(1879) 302-318

17. BAYON, H.P. «Calvin, Servet and Rabelais» Isis. XXXVIII, 22-28, 1947.

18. CALVINI, J. Opera, T. VII, Pág. 518. Brunswick, 1868.

19. VILLANOVANI, M. In quendam Apologetiva disceptatio pro astrología. Paris (s,1 ni f 1538.

20. RUDE, F. Trabajo citado

21. O'MALLEY, Ch. D, M.ichael Servetus. A translation of his geographical, medical and astrological writings with introductions and notes. Págs. 172, ss. Philadephia, 1953

 

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