La reciente oleada de reacciones extremistas debería
llevarnos a reflexionar sobre el tema fundamental de cómo
evolucionan las sociedades y sobre los principios bajo los cuales
éstas se rigen.
El rasgo humano más distintivo es la evolución
de la cultura a resultas de nuestra reflexión y de la praxis
humana. La praxis en relación con nuestra sociabilidad
puede describirse, en líneas generales, como un paradigma
moral social. El paradigma social se definiría como toda
una constelación de creencias, valores y puntos de vista
del mundo compartida por la comunidad y, lo que es más
importante, con un carácter normativo.
En nuestro hemisferio occidental, podríamos distinguir,
a grandes rasgos, tres categorías principales de tal paradigma:
el naturalista - humanista, que busca la consecución de
la armonía con el mundo que le rodea y nuestro prójimo,
estaría ejemplificado por las antiguas civilizaciones del
Mediterráneo; el teocrático, para el cual el mundo
y todas nuestras acciones están sujetos al impredecible
y caprichoso deseo de una o más fuerzas sobrenaturales,
estaría representado en la antigua cultura hebrea; el paradigma
eclesiástico, según el cual todas nuestras creencias,
puntos de vista, moral, organización y estructura social
están dictadas y definidas por la institución del
clero, la Iglesia. El primer paradigma conlleva instituciones
políticas democráticas, tolerancia y sociedades
abiertas; los dos últimos conducen a sistemas políticos
autoritarios o totalitarios en los que no se produce una separación
entre estado y religión. A escala social, por lo tanto,
las religiones sirven a los dirigentes de las sociedades de mecanismo
para su propia organización. Esto fue ya planteado de manera
sucinta por el filósofo griego Isócrates (436-338
a. C.): “Aquellos hombres que demuestren piedad acatarán
de igual modo todos los demás mandatos.”
El cambio de paradigma social, del de los principios humanistas
de la moral antigua al eclesiástico, se produjo en el siglo
IV y finalizó tan sólo a finales del siglo XVIII
con la instauración de la democracia americana y la revolución
francesa. La recuperación fue un proceso lento que requirió
varios siglos y muchos sacrificios. El acontecimiento clave en
la historia de Europa occidental que puso de relieve la absurdidad
de todo el paradigma eclesiástico fue el caso de nuestro
solitario erudito. Eso no significa que no existieran voces, incluso
antes de la Reforma radical, que reclamaran libertad de pensamiento
y se opusieran al totalitarismo religioso. Sin embargo, el papel
de Miguel Servet es único debido a la intensidad de su
humanismo y a las circunstancias históricas de su martirio.
El factor clave es la separación entre religión
y estado. Sin ella, no se dan las condiciones necesarias para
crear una sociedad democrática; y una sociedad democrática,
por su parte, no está gobernada por reglas absolutas establecidas
a priori ni por premisas religiosas sino por un proceso dialéctico
que permita el compromiso y el diálogo. Desgraciadamente,
todavía en el mundo moderno existen zonas donde prevalecen
los antiguos paradigmas encargándose de producir fanatismos
de toda clase e impidiendo avanzar hacia sociedades más
justas. Los actuales conflictos políticos ilustran drásticamente
la gran necesidad de cambios profundos. La batalla que inició
Miguel Servet en pos de principios morales universales todavía
no ha terminado.
Prof.
Dr. Marian Hillar
Presidente |
Prof.
Dr. Ángel Alcalá
Vice-Presidente |