Introducción por Ángel Alcalá
Profesor Emérito del Brooklyn College, New York, y Vicepresidente
de la Servetus International Society
AL INICIAR con el
presente volumen la serie de
seis de que va a constar la colección documental de la
obra completa de Miguel Servet en edición bilingüe, no estarán
de más algunas palabras que acaso sitúen ,a nuestro personaje
en el contexto cultural de su época y ayuden a comprender el espíritu
que va a orientar y presidir nuestra empresa.
Hay una frase en los
Aforismos de Hipócrates, la primera, que puede servimos
para enmarcar la vida y obra enteras de Servet: «Breve es la
vida, supremo el arte, maestro el tiempo, peligrosa la experiencia,
y difícil el juicio». Miguel conocía muy bien ese texto: “Vita
brevis, ars longa, tempus praeceps, experimentum periculosum,
iudicium difficile.» Lo pudo leer en la edición de Rabelais, a quien es casi seguro que trató en Estrasburgo y en
París, o en la espléndida de Jano Cornario, Hippocratis Coi
medicorum omnium longe principis, opera, primera traducción
completa del griego al latín (Basilea, Froben, 1546,p. 717). El
Apborismorum et sententiarum Hippocratis libri septem,
en edición de J. A. Agrícola (Ingolstadt, 1537), que Servet también
pudo conocer, es solo un comentario alfabético a las Aforismos, no el texto original
del maestro. Pero nunca sospecharía Servet que ese aforismo le
cuadraba a la perfección. Breve vida de cuarenta y dos ásperos
años, la mitad de los cuales, en exilio, disimulo de personalidad
y persecución a muerte. Supremo en sus artes médicas, que desarrolló
con maestría en un período cenital, cual fue el del Renacimiento.
Maestro le fue el tiempo todo de la historia anterior, del que
aprendió los fundamentos desde los que osó lanzarse a buscar nuevos
horizontes científicos y teológicos. El riesgo de su alto vuelo
culminó en la fatal experiencia ginebrina. Y difícil el juicio
que a los historiadores de ayer y de hoy nos merece este hombre
singular.
El nombre de Servet
fue en vida y en muerte, y siguió siendo durante siglos, piedra
de escándalo y tema de discusión. Para muchos fue y es un monstruo.
Para casi todos, con excepción de unos cuantos que han ahondado
en su obra, un mito del que se habla con menosprecio o con orgullo,
pero que se mantiene en la niebla de la ignorancia. ¿Qué sabe
hoy de Servet el intelectual y aún menos el hombre medio? "Servet,
como muchos de los humanistas del Renacimiento, es un
nombre rico en sugerencias, pero confuso y nebuloso, como un
mito» (Alcalá, 1972, p. 234).
Poco después
de la muerte de Calvino 0509-1566), su sucesor en Ginebra, el
humanista Théodore de Beze (Beza), escribió una de sus cartas
al español Antonio Del Corro. Era este uno de los doce
monjes jerónimos del monasterio de San Isidoro de Santiponce,
junto a Sevilla, que en otoño de 1557 se habían podido escapar
a uña de mula poco antes de que los apresara la Inquisición
por sus ideas entre las de Calvino y Juan de Valdés, habían marchado
precisamente a Ginebra y luego se habían dispersado a diversas
partes de Inglaterra y Francia. Los más famosos, con el citado,
fueron Casiodoro de Reyna y Cipriano de Valera, autores de una
excelente traducción de la Biblia al español que aún usan los
protestantes de habla española. Trae todos sus nombres
Bataillon 0966, p. 705), que toma de una Memoria de los frayles
hereges que se huyeron de Sevilla (AGS, Estado, 210). En aquella
carta le mencionaba Beza a Del Corro "los tres terribles
monstruos» religiosos nacidos en España en el siglo XVI: el. vasco
Ignacio de Loyola, el aragonés Miguel Servet y el conquense Juan
de Váldés, «adictos --dice- a sus vanas, vacías y típicamente
españolas contemplaciones".(1) Beza compartía, sin duda,
el desprecio de Calvino mismo contra los grupos de humanistas
italianos y españoles exiliados religiosos, «italica, hispanica
ingenia, perditissimi homines". No en vano Ginebra se llamaba
a sí misma «ciudad de refugio", inscripción que aún hoy consta
en la placa de una de las viejas columnas de la place de Mollard,
lo que en el caso de Servet culminó en trágica y paradójica ironía.
Pero la calificación de Beza es valiosa en sí: monstruos, teterrima
monstrua. Domingo Ricart, el suavísimo investigador español:
cuáquero, pacifista, exiliado a Estados Unidos tras la guerra
de 1936, escribió comentando esas palabras que los _tres monstruos"
representan tres dimensiones del nativo radicalismo español: «radicalismo
místico en Valdés, radicalismo intelectual, anti-institucional
y anti-dogmático en Servet y radicalismo autoritario y dogmático
en Loyola, el fundador de los jesuitas, columna fundamental de
la llamada Contrarreforma" (Ricart, 1958, p. 37).
Tres acontecimientos
suele evocar la mención del nombre de ese mito y ese monstruo
que fue Miguel Servet: haber descrito la circulación de la sangre
por primera vez en Occidente, en 1546, en el primer manuscrito
de su Christianismi resIitutio (Restitución del cristianismo)
que se conserva en París y luego en esa su esencial obra,
impresa en Viena de Francia, cerca de Lyon, en 1553; su holocausto
en Ginebra, Suiza, un mediodía lluvioso y frío del 27 de octubre
de 1553 a instigación de Calvino al cabo de un proceso escandaloso;
y, con mucha menor popularidad, haber defendido por primera vez
tras más de mil años ---entre otras ideas presuntamente heréticas
por las que prefirió morir antes que retractarse- que nunca nadie
debe ser perseguido por pensar de otro modo que los demás, exigencia
que, a través de una sugestiva cadena de influencias, dio origen
al más acariciado de los derechos humanos reconocido como tal
en todas las sociedades y países democráticos y exigible en los
que no lo son: el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad
de expresión.
Fuera de esto, pocas
personas sabrán responder si se les reta a expresar una idea precisa
de las doctrinas de Servet. Las más enteradas señalarán acaso
como motivo de su desgracia su antitrinitarismo, es decir, negar
el esencial dogma cristiano de la Trinidad: un solo Dios en tres
Personas de igual esencia divina. Pero, aun así, no habrán hecho
sino perpetuar un equívoco que, aunque real, solo vale como caricatura
del auténtico y completo Servet. Peor aún: la tercera de esas
noticias por las que suele ser reconocido ni siquiera ha entrado
a formar parte del bagaje común de intelectuales e historiadores,
cuánto menos del pueblo llano. Ha primado la indolencia española,
adobada con el tradicional fanatismo religioso, para regatearle
a un hereje como Miguel Servet una gloria adicional a la que le
cabe como médico. De haber sido oriundo de otro país más liberal,
más cuidadoso con su historia y más astuto en relaciones públicas,
seria proclamado a los cuatro vientos como padre de las deas de
convivencia socio-política que hoy nos son tan caras.
Su defensa de la supremacía del derecho a la libertad de
conciencia, junto con la calificación de Servet como uno de los
máximos y ciertamente más originales teólogos que la ha producido
el cristianismo, le hacen acreedor a aquella fama que el clásico
exigía como más perenne que el bronce, aere perennius,
muy por encima en cuanto a influjo en
la historia y en la vida internacional actual, y ya es
decir, a .su hallazgo científico, por el que es justamente inmortal.
Se acaban de apuntar
dos motivos del desconocimiento de Servet, la indolencia y el
fanatismo españoles, pero es menester preguntarse si no hay motivos
intrínsecos a su propia obra para que la frecuencia de su nombre
en nuestros labios no sea equilibrada por nuestra familiaridad
con su doctrina. Quizá pueda dar razón de esta ignorancia el
hecho de que su filosofía y su teología, radicalmente herética
a ojos cristianos tradicionales, fueron mal interpretadas y perseguidas
por católicos y por protestantes. Por otra parte, nunca fue fácil
el acceso a sus obras ni siquiera en modernas ediciones facsímiles.
Su latín algo opaco, a veces abstruso, su compleja erudición,
desplegada en centenares de citas explícitas y de alusiones implícitas,
la escasez de traducciones a las lenguas modernas, y otros factores
similares, han hecho difícil, cuando no imposible, el acercamiento
a su persona y su doctrina.
Afortunadamente, todos
estos factores han envejecido. La edición bilingüe de las Obras
completas de Servet que seguirá a este primer volumen que
el generoso lector tiene ahora en sus manos viene a poner remate
a los esfuerzos de una serie de personas de varios países que
a partir del siglo XVIII y especialmente desde el cuarto centenario
de su muerte en 1953, contribuyeron a restituirle al puesto histórico
que justamente merece. Ya hace unos años, como anuncié en Villanueva
de Sijena (Alcalá, 1979), era de prever que el servetismo estaba
resurgiendo y empezaba a florecer. Pero lamentablemente la situación
española anterior era respecto a él en realiad más penosa que
la de los demás países. Con la excepciónn de don Marcelino -aunque
con enormes limitaciones debidas a sus prejuicios fundamentalistas-,
ningún intelectual español había dedicado a las doctrinas de Servet
un estudio técnico solvente.
Como
luego se va a tener ocasión de comprobar, hasta que algunos
españoles han empezado a promoverlo bajo su propia responsabilidad,
lo mejor del servetismo técnico provino de la pluma de excelentes
investigadores extranjeros, entre los que destacan Henri Tollin
en el siglo XIX y Roland Bainton, José Barón y Marian Hillar en
el xx. A diferencia de lo que durante largos decenios estuvo pasando
en España, los estudios no españoles sobre Servet y su obra gozaron
casi siempre de gran altura científica. A falta de ella, en España
cayeron en manos de una interminable serie de entusiastas aficionados
sin suficiente preparación humanística y teológica que, sobrados
de encomiable cariño a su figura, perpetuaron lugares comunes
que además la investigación posterior demostró que en muchos casos
eran falsos. Para la mayor parte de ellos, lo único que contaba
era su papel pionero en medicina. Inmensa gratitud debe el servetismo,
por supuesto, y nunca será excesivo subrayado, a una pléyade de
ilustres médicos escritores que contra viento y marea mantuvieron
enhiesto el honor del exiliado sabio aragonés defendiendo, no
sin atisbos de ultrajado nacionalismo pero con todo derecho, su
gloria por la primacía temporal de su descripción del movimiento
de la sangre, pero su exigua formación teológica y humanística,
en general, y los antes notados factores de rutina e intolerancia
les impidieron enmarcado en el contexto total del sistema de
su pensamiento. También esta carencia se ha ido superando en los
últimos decenios, según vamos a ir comprobando.
Estas observaciones
sobre las culpables deficiencias del servetismo español, que a
algún lector podrían parecer duras, no lo son en el fondo. Resuena
en ellas el eco de la misma lamentable situación de la cultura
española tradicional en muchos otros aspectos de la investigación,
mientras insisten en aplaudir sin reservas a quienes en la medida
de sus posibilidades y desde sus limitaciones mantuvieron el rescoldo
de la admiración al brillante heterodoxo de Villanueva de Sijena.
Limitaciones y rutinas que afectaron no solo a la parcialidad
de su enfoque primario hacia él como médico o al error de considerarle,
como antes se decía, un «librepensador«, sino a detalles de su
vida referentes, por ejemplo, al lugar de su nacimiento y de sus
estudios o a rellenar con fantasías pseudorrománticas algunas
de sus andanzas, de las que no sabemos ni quizá nunca sepamos,
lamentablemente, nada, como la de que se castró a sí mismo en
la primera adolescencia tras haber caído en el hechizo primerizo
de una criada morisca o la de que, tras evadirse astutamente de
la cárcel de Viena y antes de presentarse incautamente en Ginebra,
se pasó tres meses gozando de los favores secretos de la abadesa
de un convento cercano a Grenoble. La escritura de la historia
requiere ciertas cautelas elementales cuyo cauce es siempre el
documento disponible. Solo cuando comprobadas confluencias circunstanciales
permiten proyectar hechos verosímiles es aconsejable saltarse
el dique historiográfico. En la sección de este libro dedicada
a resumir la biografía y muerte de Servet y en la subsiguiente
sobre las fuentes y la intención de su obra se tendrán muy en
cuenta estas normas, a fin de no recaer en los mismos defectos
que se critican.
El mejor procedimiento
para que el lector compruebe los enormes avances recientes en
investigación servetística consistirá en repasar la imagen que
de Servet y su obra se tuvo a lo largo de siglos, a fin de compararla
con los hallazgos y orientaciones actuales. Para orientarse desde
el principio, hará bien el lector en recordar que el siglo XVI
padeció la segunda de las grandes escisiones internas de la fe
cristiana. La primera, a mediados del siglo XI, separó del cristianismo
europeo occidental de obediencia romana al oriental, justamente
llamado ortodoxo porque no hubo cuestión de creendas dogmáticas
divergentes, sino de poder interjerárquico; culminó así la oposición
política entre Roma y Bizancio, que implicaba a su vez diferencias
de mentalidad, de liturgia, de lealtad a las potestades terrenas
en un tiempo en que un solo emperador bizantino podía tener como
interlocutores múltiples reinos de origen germánico aún en etapa
de estabilización. La segunda gran escisión cristiana, en pleno
siglo XVI, respondió a dos modos bien diferenciados de entender
la reforma que a voz en grito le exigían a la Iglesia, sin que
su jerarquía apenas los oyera, las mejores y más elevadas mentes
de aquel tiempo. Pero mientras los reformadores fieles a Roma
se contentaban con aspirar a reformar las costumbres del clero
y del pueblo, los que al fin acabaron abandonándola exigían además
que la Iglesia reformara sus ideas sobre el papel del hombre en
su salvación y sobre esta misma, y no menos las fórmulas teológicas
y catequéticas en que tales creencias habían sido embutidas, especialmente
por la escolástica medieval, que la Reforma católica (mal llamada
Contrarreforma) se empeñó en conservar.
En el siglo xv Roma
había logrado superar el escollo del conciliarismo por sabia y
decidida intervención de dos grandes prelados españoles de origen
judeoconverso, el cardenal Juan de Torquemada, tío del primer
inquisidor general, y Alfonso de Cartagena, obispo de Burgos e
hijo de quien le precediera en esa mitra y antes fuera gran rabino
de Castilla, Pablo de Santamaría. El consiguiente fortalecimiento
y centralización del pontificado explican que la Reforma católica
actuara con voz unánime en Trento. Por el contrario, la Reforma
por antonomasia, la de la ruptura antirromana, se manifestó en
innumerables orientaciones. En cuanto a sus orígenes en el siglo
XVI, mucho importa diferenciar entre Reforma magisterial, con
sus tres direcciones básicas de luteranismo, calvinismo y anglicanismo,
y Reforma radical, a su vez con tres direcciones que, sin embargo,
se entrecruzan ocasionalmente en ósmosis que hacen ardua la distinción
entre ellas y mucho más la específica identificación de sus diversas
filiaciones posteriores: anabaptismo, espiritualismo y antitrinitarismo.
De todas ellas va a resultar imprescindible tratar con la brevedad
posible, ya que Servet, a todas luces egregio representante del
movimiento centro europeo de Reforma radical, asume rasgos de
anabaptista, espiritualista, antitrinitario y, para acabar pronto
con este atisbo de enojosas clasificaciones, sorprendentemente
de milenarista.
Es verdad que Servet
fue condenado a muerte por la Inquisición católica francesa y
luego por el intransigente tribunal laico del municipio ginebrino
como hereje antitrinitario y opuesto a la tradicional costumbre
de bautizar niños, a pesar de que no tienen fe personal, que solo
se otorga con el uso de razón. Eran dos claras herejías para católicos
y para protestantes. Pero ahora se comprenderá con mayor claridad
que considerar a Servet exclusiva o principalmente como antitrinitario
equivale a desconocerle, a no hacer honor a la complejidad de
su pensamiento humanista, teológico filosófico y reformador, el
cual a su vez no se puede entender si se le desliga del andamiaje
conceptual y de la terminología original, con los cuales quiso
apuntalar sus proyectos teológicos y reformadores. Las etapas
de esta toma de conciencia constituyen, como luego vamos a ver,
la de la historia del servetismo hasta mediados del siglo xx.
Los pasos que hay
que dar a ese fin presuponen que para beneficio y posible ilustración
del lector se resuma primero la vida de Servet desde su Villanueva
de Sijena hasta Ginebra, dediquemos luego nuestra atención al
largo túnel de elaboración de un servetismo técnicamente serio
y dirijamos al cabo la atención a la obra de Servet, antes de
transcribir, traducidos a lengua española y casi todos por primera
vez, los documentos sobre los cuales puede fundarse el conocimiento
real de su vida y de su obra.
No puedo menos de
terminar estas palabras introductorias agradeciendo muy profunda
y sinceramente la publicación de la obra completa de Servet en
esta colección Larumbe de Prensas Universitarias de Zaragoza,
lo cual ha sido posible gracias al generoso mecenazgo de la Diputación
General de Aragón, la Institución Fernando el Católico de la Diputación
Provincial y la Universidad de Zaragoza.
(1)
Théodore de Béze, Epistolarum theologicarum liber unus (Ginebra,
1573), epíst. LIX, p. 276. No importa a nuestro propósito que
luego Beza corrigiera ese juicio de 1566 en su obra Icones,
de 1580, pero solo a favor de Valdés, a quien alaba por haber
iniciado con Vermigli y otros italianos la «verdadera Iglesia
cristiana" en Nápoles. Sobre todo este ambiente, muy similar
espiritualmente al de ciertas actitudes de Servet, véase Alcalá
(1997).