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Newsletter #2, April 2004

Las Obras Completas de Servet y el Nuevo Resurgir del Servetismo,
VOL I

Introducción por Ángel Alcalá
Profesor Emérito del Brooklyn College, New York, y Vicepresidente de la Servetus International Society
.

AL INICIAR con el presente volumen la serie de seis de que va a constar la colección documen­tal de la obra completa de Miguel Servet en edi­ción bilingüe, no estarán de más algunas pala­bras que acaso sitúen ,a nuestro personaje en el contexto cultural de su época y ayuden a comprender el espíritu que va a orientar y presidir nuestra empresa.

Hay una frase en los Aforismos de Hipócrates, la prime­ra, que puede servimos para enmarcar la vida y obra ente­ras de Servet: «Breve es la vida, supremo el arte, maestro el tiempo, peligrosa la experiencia, y difícil el juicio». Miguel conocía muy bien ese texto: “Vita brevis, ars longa, tempus praeceps, experimentum periculosum, iudicium difficile.» Lo pudo leer en la edición  de Rabelais, a quien es casi seguro que trató en Estrasburgo y en París, o en la espléndida de Jano Cornario, Hippocratis Coi medicorum omnium longe principis, opera, primera traducción completa del griego al latín (Basilea, Froben, 1546,p. 717). El Apborismorum et sententiarum Hippocratis libri septem, en edición de J. A. Agrícola (Ingolstadt, 1537), que Servet también pudo conocer, es solo un comentario alfabético  a las Aforismos, no el texto original del maestro. Pero nunca sospecharía Servet que ese aforismo le cuadraba a la perfección. Breve vida de cuarenta y dos ásperos años, la mitad de los cuales, en exilio, disimulo de personalidad y persecución a muerte. Supremo en sus artes médicas, que desarrolló con maestría en un período cenital, cual fue el del Renacimiento. Maestro le fue el tiempo todo de la historia anterior, del que aprendió los fundamentos desde los que osó lanzarse a buscar nuevos horizontes científicos y teoló­gicos. El riesgo de su alto vuelo culminó en la fatal expe­riencia ginebrina. Y difícil el juicio que a los historiadores de ayer y de hoy nos merece este hombre singular.

El nombre de Servet fue en vida y en muerte, y siguió siendo durante siglos, piedra de escándalo y tema de discu­sión. Para muchos fue y es un monstruo. Para casi todos, con excepción de unos cuantos que han ahondado en su obra, un mito del que se habla con menosprecio o con orgullo, pero que se mantiene en la niebla de la ignorancia. ¿Qué sabe hoy de Servet el intelectual y aún menos el hombre medio? "Servet, como muchos de los humanistas del Renaci­miento, es un nombre rico en sugerencias, pero confuso y nebuloso, como un mito» (Alcalá, 1972, p. 234).

Poco después de la muerte de Calvino 0509-1566), su sucesor en Ginebra, el humanista Théodore de Beze (Beza), escribió una de sus cartas al español Antonio Del Corro. Era este uno de los doce monjes jerónimos del monasterio de San Isidoro de Santiponce, junto a Sevilla, que en otoño de 1557 se habían podido escapar a uña de mula poco an­tes de que los apresara la Inquisición por sus ideas entre las de Calvino y Juan de Valdés, habían marchado precisamen­te a Ginebra y luego se habían dispersado a diversas partes de Inglaterra y Francia. Los más famosos, con el citado, fue­ron Casiodoro de Reyna y Cipriano de Valera, autores de una excelente traducción de la Biblia al español que aún usan los protestantes de habla española. Trae todos sus nombres Ba­taillon 0966, p. 705), que toma de una Memoria de los fray­les hereges que se huyeron de Sevilla (AGS, Estado, 210). En aquella carta le mencionaba Beza a Del Corro "los tres terri­bles monstruos» religiosos nacidos en España en el siglo XVI: el. vasco Ignacio de Loyola, el aragonés Miguel Servet y el conquense Juan de Váldés, «adictos --dice- a sus vanas, vacías y típicamente españolas contemplaciones".(1) Beza compartía, sin duda, el desprecio de Calvino mismo contra los grupos de humanistas italianos y españoles exiliados reli­giosos, «italica, hispanica ingenia, perditissimi homines". No en vano Ginebra se llamaba a sí misma «ciudad de refugio", inscripción que aún hoy consta en la placa de una de las vie­jas columnas de la place de Mollard, lo que en el caso de Servet culminó en trágica y paradójica ironía. Pero la calificación de Beza es valiosa en sí: monstruos, teterrima monstrua. Domingo Ricart, el suavísimo investigador espa­ñol: cuáquero, pacifista, exiliado a Estados Unidos tras la guerra de 1936, escribió comentando esas palabras que los _tres monstruos" representan tres dimensiones del nativo radicalismo español: «radicalismo místico en Valdés, radica­lismo intelectual, anti-institucional y anti-dogmático en Ser­vet y radicalismo autoritario y dogmático en Loyola, el fun­dador de los jesuitas, columna fundamental de la llamada Contrarreforma" (Ricart, 1958, p. 37).

Tres acontecimientos suele evocar la mención del nom­bre de ese mito y ese monstruo que fue Miguel Servet: haber descrito la circulación de la sangre por primera vez en Occi­dente, en 1546, en el primer manuscrito de su Christianismi resIitutio (Restitución del cristianismo) que se conserva en París y luego en esa su esencial obra, impresa en Viena de Francia, cerca de Lyon, en 1553; su holocausto en Ginebra, Suiza, un mediodía lluvioso y frío del 27 de octubre de 1553 a instigación de Calvino al cabo de un proceso escandaloso; y, con mucha menor popularidad, haber defendido por pri­mera vez tras más de mil años ---entre otras ideas presunta­mente heréticas por las que prefirió morir antes que retrac­tarse- que nunca nadie debe ser perseguido por pensar de otro modo que los demás, exigencia que, a través de una sugestiva cadena de influencias, dio origen al más acaricia­do de los derechos humanos reconocido como tal en todas las sociedades y países democráticos y exigible en los que no lo son: el derecho a la libertad de conciencia y a la liber­tad de expresión.

Fuera de esto, pocas personas sabrán responder si se les reta a expresar una idea precisa de las doctrinas de Servet. Las más enteradas señalarán acaso como motivo de su des­gracia su antitrinitarismo, es decir, negar el esencial dogma cristiano de la Trinidad: un solo Dios en tres Personas de igual esencia divina. Pero, aun así, no habrán hecho sino perpetuar un equívoco que, aunque real, solo vale como caricatura del auténtico y completo Servet. Peor aún: la ter­cera de esas noticias por las que suele ser reconocido ni siquiera ha entrado a formar parte del bagaje común de inte­lectuales e historiadores, cuánto menos del pueblo llano. Ha primado la indolencia española, adobada con el tradicional fanatismo religioso, para regatearle a un hereje como Miguel Servet una gloria adicional a la que le cabe como médico. De haber sido oriundo de otro país más liberal, más cuida­doso con su historia y más astuto en relaciones públicas, seria proclamado a los cuatro vientos como padre de las deas de convivencia socio-política que hoy nos son tan ca­ras.  Su defensa de la supremacía del derecho a la libertad de conciencia, junto con la calificación de Servet como uno de los máximos y ciertamente más originales teólogos que la ha producido el cristianismo, le hacen acreedor a aquella fama que el clásico exigía como más perenne que el bron­ce, aere perennius, muy por encima en cuanto a influjo en la historia y en la vida internacional actual, y ya es decir, a .su hallazgo científico, por el que es justamente inmortal.

Se acaban de apuntar dos motivos del desconocimiento de Servet, la indolencia y el fanatismo españoles, pero es menester preguntarse si no hay motivos intrínsecos a su pro­pia obra para que la frecuencia de su nombre en nuestros labios no sea equilibrada por nuestra familiaridad con su doc­trina. Quizá pueda dar razón de esta ignorancia el hecho de que su filosofía y su teología, radicalmente herética a ojos cristianos tradicionales, fueron mal interpretadas y perseguidas por católicos y por protestantes. Por otra parte, nunca fue fácil el acceso a sus obras ni siquiera en modernas ediciones facsímiles. Su latín algo opaco, a veces abstruso, su comple­ja erudición, desplegada en centenares de citas explícitas y de alusiones implícitas, la escasez de traducciones a las lenguas modernas, y otros factores similares, han hecho difícil, cuan­do no imposible, el acercamiento a su persona y su doctrina.

Afortunadamente, todos estos factores han envejecido. La edición bilingüe de las Obras completas de Servet que seguirá a este primer volumen que el generoso lector tiene ahora en sus manos viene a poner remate a los esfuerzos de una serie de personas de varios países que a partir del siglo XVIII y especialmente desde el cuarto centenario de su muer­te en 1953, contribuyeron a restituirle al puesto histórico que justamente merece. Ya hace unos años, como anuncié en Villanueva de Sijena (Alcalá, 1979), era de prever que el ser­vetismo estaba resurgiendo y empezaba a florecer. Pero lamentablemente la situación española anterior era respecto a él en realiad más penosa que la de los demás países. Con la excepciónn de don Marcelino -aunque con enormes limita­ciones debidas a sus prejuicios fundamentalistas-, ningún intelectual español había dedicado a las doctrinas de Servet un estudio técnico solvente.

Como luego se va a tener ocasión de comprobar, hasta que algunos españoles han empezado a promoverlo bajo su propia responsabilidad, lo mejor del servetismo técnico pro­vino de la pluma de excelentes investigadores extranjeros, entre los que destacan Henri Tollin en el siglo XIX y Roland Bainton, José Barón y Marian Hillar en el xx. A diferencia de lo que durante largos decenios estuvo pasando en España, los estudios no españoles sobre Servet y su obra gozaron casi siempre de gran altura científica. A falta de ella, en Espa­ña cayeron en manos de una interminable serie de entusias­tas aficionados sin suficiente preparación humanística y teo­lógica que, sobrados de encomiable cariño a su figura, perpetuaron lugares comunes que además la investigación posterior demostró que en muchos casos eran falsos. Para la mayor parte de ellos, lo único que contaba era su papel pio­nero en medicina. Inmensa gratitud debe el servetismo, por supuesto, y nunca será excesivo subrayado, a una pléyade de ilustres médicos escritores que contra viento y marea mantuvieron enhiesto el honor del exiliado sabio aragonés defendiendo, no sin atisbos de ultrajado nacionalismo pero con todo derecho, su gloria por la primacía temporal de su descripción del movimiento de la sangre, pero su exigua for­mación teológica y humanística, en general, y los antes nota­dos factores de rutina e intolerancia les impidieron enmar­cado en el contexto total del sistema de su pensamiento. También esta carencia se ha ido superando en los últimos decenios, según vamos a ir comprobando.

Estas observaciones sobre las culpables deficiencias del servetismo español, que a algún lector podrían parecer duras, no lo son en el fondo. Resuena en ellas el eco de la misma lamentable situación de la cultura española tradicio­nal en muchos otros aspectos de la investigación, mientras insisten en aplaudir sin reservas a quienes en la medida de sus posibilidades y desde sus limitaciones mantuvieron el rescoldo de la admiración al brillante heterodoxo de Villa­nueva de Sijena. Limitaciones y rutinas que afectaron no solo a la parcialidad de su enfoque primario hacia él como médi­co o al error de considerarle, como antes se decía, un «libre­pensador«, sino a detalles de su vida referentes, por ejemplo, al lugar de su nacimiento y de sus estudios o a rellenar con fantasías pseudorrománticas algunas de sus andanzas, de las que no sabemos ni quizá nunca sepamos, lamentablemente, nada, como la de que se castró a sí mismo en la primera adolescencia tras haber caído en el hechizo primerizo de una criada morisca o la de que, tras evadirse astutamente de la cárcel de Viena y antes de presentarse incautamente en Ginebra, se pasó tres meses gozando de los favores secretos de la abadesa de un convento cercano a Grenoble. La escri­tura de la historia requiere ciertas cautelas elementales cuyo cauce es siempre el documento disponible. Solo cuando comprobadas confluencias circunstanciales permiten proyec­tar hechos verosímiles es aconsejable saltarse el dique histo­riográfico. En la sección de este libro dedicada a resumir la biografía y muerte de Servet y en la subsiguiente sobre las fuentes y la intención de su obra se tendrán muy en cuenta estas normas, a fin de no recaer en los mismos defectos que se critican.

El mejor procedimiento para que el lector compruebe los enormes avances recientes en investigación servetística con­sistirá en repasar la imagen que de Servet y su obra se tuvo a lo largo de siglos, a fin de compararla con los hallazgos y orientaciones actuales. Para orientarse desde el principio, hará bien el lector en recordar que el siglo XVI padeció la segunda de las grandes escisiones internas de la fe cristiana. La primera, a mediados del siglo XI, separó del cristianismo europeo occidental de obediencia romana al oriental, justa­mente llamado ortodoxo porque no hubo cuestión de creen­das dogmáticas divergentes, sino de poder interjerárquico; culminó así la oposición política entre Roma y Bizancio, que implicaba a su vez diferencias de mentalidad, de liturgia, de lealtad a las potestades terrenas en un tiempo en que un solo emperador bizantino podía tener como interlocutores múlti­ples reinos de origen germánico aún en etapa de estabiliza­ción. La segunda gran escisión cristiana, en pleno siglo XVI, respondió a dos modos bien diferenciados de entender la reforma que a voz en grito le exigían a la Iglesia, sin que su jerarquía apenas los oyera, las mejores y más elevadas men­tes de aquel tiempo. Pero mientras los reformadores fieles a Roma se contentaban con aspirar a reformar las costumbres del clero y del pueblo, los que al fin acabaron abandonán­dola exigían además que la Iglesia reformara sus ideas sobre el papel del hombre en su salvación y sobre esta misma, y no menos las fórmulas teológicas y catequéticas en que tales creencias habían sido embutidas, especialmente por la esco­lástica medieval, que la Reforma católica (mal llamada Con­trarreforma) se empeñó en conservar.

En el siglo xv Roma había logrado superar el escollo del conciliarismo por sabia y decidida intervención de dos gran­des prelados españoles de origen judeoconverso, el cardenal Juan de Torquemada, tío del primer inquisidor general, y Alfonso de Cartagena, obispo de Burgos e hijo de quien le precediera en esa mitra y antes fuera gran rabino de Castilla, Pablo de Santamaría. El consiguiente fortalecimiento y cen­tralización del pontificado explican que la Reforma católica actuara con voz unánime en Trento. Por el contrario, la Reforma por antonomasia, la de la ruptura antirromana, se manifestó en innumerables orientaciones. En cuanto a sus orígenes en el siglo XVI, mucho importa diferenciar entre Reforma magisterial, con sus tres direcciones básicas de lute­ranismo, calvinismo y anglicanismo, y Reforma radical, a su vez con tres direcciones que, sin embargo, se entrecruzan ocasionalmente en ósmosis que hacen ardua la distinción entre ellas y mucho más la específica identificación de sus diversas filiaciones posteriores: anabaptismo, espiritualismo y antitrinitarismo. De todas ellas va a resultar imprescindible tratar con la brevedad posible, ya que Servet, a todas luces egregio representante del movimiento centro europeo de Reforma radical, asume rasgos de anabaptista, espiritualista, antitrinitario y, para acabar pronto con este atisbo de enojo­sas clasificaciones, sorprendentemente de milenarista.

Es verdad que Servet fue condenado a muerte por la Inquisición católica francesa y luego por el intransigente tribu­nal laico del municipio ginebrino como hereje antitrinita­rio y opuesto a la tradicional costumbre de bautizar niños, a pesar de que no tienen fe personal, que solo se otorga con el uso de razón. Eran dos claras herejías para católicos y para protestantes. Pero ahora se comprenderá con mayor claridad que considerar a Servet exclusiva o principalmente como antitrinitario equivale a desconocerle, a no hacer honor a la complejidad de su pensamiento humanista, teológico filosófico y reformador, el cual a su vez no se puede enten­der si se le desliga del andamiaje conceptual y de la termi­nología original, con los cuales quiso apuntalar sus proyectos teológicos y reformadores. Las etapas de esta toma de conciencia constituyen, como luego vamos a ver, la de la his­toria del servetismo hasta mediados del siglo xx.

Los pasos que hay que dar a ese fin presuponen que para beneficio y posible ilustración del lector se resuma pri­mero la vida de Servet desde su Villanueva de Sijena hasta Ginebra, dediquemos luego nuestra atención al largo túnel de elaboración de un servetismo técnicamente serio y dirija­mos al cabo la atención a la obra de Servet, antes de trans­cribir, traducidos a lengua española y casi todos por prime­ra vez, los documentos sobre los cuales puede fundarse el conocimiento real de su vida y de su obra.

No puedo menos de terminar estas palabras introductorias agradeciendo muy profunda y sinceramente la publica­ción de la obra completa de Servet en esta colección Larum­be de Prensas Universitarias de Zaragoza, lo cual ha sido posible gracias al generoso mecenazgo de la Diputación General de Aragón, la Institución Fernando el Católico de la Diputación Provincial y la Universidad de Zaragoza.

(1) Théodore de Béze, Epistolarum theologicarum liber unus (Ginebra, 1573), epíst. LIX, p. 276. No importa a nuestro propósito que luego Beza corrigiera ese juicio de 1566 en su obra Icones, de 1580, pero solo a favor de Valdés, a quien alaba por haber iniciado con Vermigli y otros italianos la «verdadera Iglesia cristiana" en Nápoles. Sobre todo este ambiente, muy similar espiritualmente al de ciertas actitudes de Servet, véase Alcalá (1997).

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