Inquisidores
Por J. I. GONZÁLEZ FAUS, responsable del área
de teología de Cristianisme i Justícia
30 mayo 2005
La Vanguardia
Una
preciosa enseñanza del Tao te King dice: “Nada
en el mundo es más blando y débil que el agua;
pero no hay nada como el agua para erosionar lo duro y lo
fuerte. Que lo débil venza a lo fuerte y lo blando
venza a lo duro es algo que todos conocen pero nadie practica...
Ciertamente la Verdad parece su opuesto”.
Y en siglo XVI, tras la quema de Miguel Servet por Calvino,
el calvinista Sebastián Castellio escribió:
“Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino
matar a un hombre; cuanto más conoce un hombre la verdad,
menos se inclina a condenar”.
Las religiones, las filosofías, las políticas,
y todas las pretensiones de verdad que corren por el mundo
deberían aprender de memoria esas palabras, que evocan
otras de Teresa de Ávila: “La verdad padece mas
no perece”. Pero lo habitual en nuestra naturaleza contradictoria
es que los sistemas con pretensiones de verdad engendren uno
de los tipos más des- deñables de humanidad,
conocido con el apelativo de inquisidores.
Sin darse cuenta, el inquisidor maltrata a la verdad mucho
más que el mentiroso. Como no soporta la debilidad
y padecimiento de la verdad, su afán de una verdad
fuerte le lleva a utilizarla para hacer sufrir a los demás.
Y a la larga sucede que, a cualquier fe, le hacen más
daño sus inquisidores que sus perseguidores.
Lo de menos ahora es si los inquisidores queman vivos o
no. Lo que nos importa es esa mentalidad que se siente propietaria
y responsable de la verdad. Se enmascara ahí una patología,
muchas veces auténtica neurosis de seguridad y de protagonismo,
que sería fácil psicoanalizar.
En el campo católico los inquisidores se autodenominaron
muchas veces Domini canes (perros del Señor) distorsionando
así la etimología de los pobres dominicos, que
venía sencillamente del domingo, que es el día
del Señor pero no el perro del Señor. Sin embargo,
en esa distorsión se definieron bien: pues el perro
se vuelve agresivo ante lo que considera equivocadamente su
territorio; y ladra para amenazar o para hacerse notar. Y
resulta ridículo por no saber que lo que marca ese
territorio pretendidamente exclusivo no es la verdad, sino
su orina...
La verdad no se defiende ladrando, sino viviéndola;
no tiene poder, sino que el poder la falsifica; su autoridad
no es la de la fuerza, sino la de la libertad que da y la
de su propio ser. Sin duda, es muchas veces falsificada y
egoístamente manipulada; pero a pesar de eso no se
defiende inquisitorialmente. El Nuevo Testamento habla de
“hacer la verdad en el amor”. Los inquisidores
aún no se han enterado de eso.
Si seguimos mirando el campo católico, tropezamos
con que san Pablo (al que muchos llegaron a llamar verdadero
fundador del cristianismo) soportó durante toda su
vida la inquina y el maltrato de los que el Nuevo Testamento
llama fariseos fanáticos, que hasta intentaron quitarlo
de en medio violentamente. En el siglo XVI español,
tuvieron problemas con la inquisición gentes como Luis
de León, Juan de Avila, Teresa de Jesús, Ignacio
de Loyola, el obispo Carranza... en una palabra: las figuras
más insignes de la España de aquel siglo. Uno
esperaría que, después de eso, los inquisidores
hubieran aprendido, si no mansedumbre al menos prudencia.
Pero resulta que en el siglo XX fueron acosados K. Rahner,
Congar, De Lubac, Gustavo Gutiérrez, E. Schillebeeckx,
Juan XXIII en sus tiempos de profesor... otra vez figuras
señeras de aquella iglesia. Sólo queda añadir
que fueron ellos (no sus perseguidores) quienes más
creíble hicieron la fe de aquel siglo, y quienes han
sostenido a más creyentes. Paradojas de la verdad.
Y es que existen al menos tres vías de acercamiento
a la pálida verdad que nos está reservada en
esta historia. Un acceso meramente intelectual, otro experiencial
(místico si se me permite la palabra) y otro práxico.
Un ejemplo del segundo lo ofrece la disensión entre
Teresa de Ávila y sus acusadores: ella sabía
por experiencia algo de Dios que no entraba en las frías
aristas conceptuales de aquellos maleméritos señores
llamados Orenzana, Alonso de la Fuente y demás. Un
ejemplo del tercero lo encuentro en la célebre disputa
sobre la conquista de América, que sostuvieron Bartolomé
de las Casas y Ginés de Sepúlveda: el primero
estaba en el tajo, había visto sufrir y morir a los
indios, conocía las lágrimas no de oídas.
El segundo, en cambio, era un teólogo de corte, que
hoy se haría llamar profesor Sepúlveda, y manejaba
hábilmen- te conceptos como quien maneja números.
La disputa entre ambos me resultó uno de los episodios
más instructivos de mi vida académica.
Pero he dicho al comienzo que los inquisidores no surgen
sólo en el campo religioso: nuestra sociedad, que se
cree tan tolerante, tiene también sus inquisidores
que actúan en cuanto alguien la pone un poco en evidencia.
Para concluir invito al lector a visionar aquella espléndida
película cubana Fresa y chocolate, analizando las actitudes
del joven amigo del protagonista y de su consejero en el partido:
del muchacho al que, cuando el amigo homosexual le dice: “Soy
creyente”, responde con aplomo arrollador, pero sin
saber muy bien lo que dice: “Yo soy materialista dialéctico”.
Y luego va descubriendo indefenso que también allí
fuera, en todo aquello que su mentor del partido califica
como muy serio y extremamente peligroso para la revolución,
pues también allí hay importantes valores humanos,
hasta ahora casi desconocidos para él.
Desde aquí es psicológicamente comprensible
que nuestra cultura posmoderna desconfíe como Pilatos
de la verdad, y tome eso como excusa para dedicarse al fácil
bienvivir. Es comprensible pero muy peligroso. Porque entonces,
volviendo al Tao inicial, es como si nos quedáramos
sin agua para la vida. Otra vez se tocan los extremos. Ahí
está la paradoja de lo humano y la grandeza débil
de la verdad. Por eso es tan divina.

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