Orejudo contra la historia
Por Rafael Conte para elPais.es
Una
descripción de las luchas de poder dentro de la religión católica
en tiempos de Lutero, siglo XVI, narrada con documentación
y no carente de humor feroz. Historia, intriga y poder en
las manos firmes de este filólogo.
Extraña carrera la de Antonio Orejudo (Madrid, 1963) que
ha publicado con este último tres relatos inquietantes, muy
distintos entre sí, como si fueran otros tantos bandazos,
pero que los ha asestado de manera tan provocadora como inteligente
y perfectamente pausada, cambiando de empresa editora cada
vez, y con sus correspondientes dos premios anteriores y contradictorios,
como si no quisiera casarse con nadie y ensayar cada uno de
ellos como si fueran otras tantas explosiones. De hecho, estos
libros vinieron separados por cuatro años de distancia, por
dos editoriales muy distintas y por dos premios contrapuestos,
uno a libro publicado y el otro a manuscrito: en efecto, Fabulosas
narraciones por historias (en la benemérita Lengua de Trapo,
1996, que obtuvo el Tigre Juan para libro publicado) ya indicaba
el camino, señalando la necesidad de sustituir la historia
por la fábula para entenderla mejor; mientras que Ventajas
de viajar en tren (Alfaguara, 2000) recibió el Premio Andalucía
en manuscrito y parecía ser una novela más corta, más posmoderna,
sobre la sustitución de la cultura actual por la basura universal
que nos invade. En resumen, hasta hoy se presentaba como el
dinamitero más actual de las letras españolas, como su provocador
más autocrítico y feroz.
Pues bien, han pasado cuatro años y Orejudo sigue presentando
las mismas características, aunque parezca cambiar de modales,
o al menos de modelos, bien que siempre cargado de esos dos
conceptos, la "eutrapelia" y la "tropelía",
que descubrí en un largo trabajo en el que presentó en 1997
en Castalia Didáctica una muy buena edición de tres novelas
ejemplares de Cervantes. En su gran introducción a Cervantes,
Orejudo nos enseñó que era un auténtico profesor, un virtuoso
de la didáctica, que tras cursar estudios de filología en
Madrid, se doctoró en Estados Unidos donde fue profesor durante
siete años hasta recalar (según creo) en la Universidad de
Almería, desde donde sigue dando algunas pruebas de sus excelentes
actitudes críticas y ensayísticas. Aunque siempre, tal como
nos mostró en Cervantes -que supo unir lo idealista con lo
realista, el libro de caballerías con la picaresca- mediante
la "tropelía" (o manipulación) y la "eutrapelia"
(o armonía). De ahí que el salto a la novela histórica "tradicional"
haya resultado mucho menos mortal de lo que parece, pues creo
que ha sido muy calculado.
Aunque al elegir el modelo de la novela histórica Antonio
Orejudo no solamente ha seguido otros de sus pasos profesionales
sino que ha preferido imponerse moldes más rígidos que en
sus libertades anteriores, que más parecían "libertarismos"
propiamente dichos, con lo que la sorna y el disparate parecen
brillar por su ausencia, aunque vayan por debajo. En esta
ocasión no caben quizá las menores dudas, pues la historia
le merece todo su respeto, por muchas narraciones que vengan
a trazar las fábulas irrisorias que las acompañen. Aunque,
en el fondo, la historia es tan desesperada que no necesita
más apoyos para sumirse en la tragedia. Estamos en pleno siglo
XVI europeo, en 1535 en la ciudad alemana de Münster, en pleno
debate entre los viejos católicos fieles a Roma y los rebeldes
partidarios de Lutero, que van imponiendo su reforma para
librar batallas más o menos caóticas y muchas veces más cruentas
y disgregadoras de lo que se esperaba. Un obispo católico
se dispone a recibir a un antiguo discípulo, joven amable
e hijo de un orfebre (que a veces ha sido su amante) y que
llega a la ciudad para predicar y ser consagrado sacerdote,
pero que se va a convertir pronto en un líder anabaptista,
Bernd Rothmann, cabecilla de la revuelta contra la corrupta
jerarquía católica. La rebelión será aplastada, pero la semilla
ha sido sembrada y no parece haber caído en el vacío.
Esta historia de religiones enfrentadas -dentro de una misma
religión- va a desembocar en una descripción de las luchas
de poder en estado puro, donde cada cual funciona como un
fundamentalista más y la historia se desmenuza en una serie
de personajes y escenarios donde todos se entrecruzan sin
parar. El filólogo que es Orejudo nos llega teñido de un historiador
bien documentado, aunque a veces sus carcajadas sean tan feroces
como siempre, sus anacronismos y anticipaciones configuren
una sorna tan bien medida como de costumbre. Pasan los años
-18 exactamente- y reaparecen algunos fugitivos huidos de
Münster, en las cercanías de Lyón, donde a través de los juegos
y cambios de voces narradoras, no varían demasiado sus identidades,
pues al final se van a reunir en una misma acción. Un agente
protestante clandestino se inserta en la figura de un falso
inquisidor, donde todo se reúne, y los diversos saberes de
la época -la medicina, la imprenta y la teología- se unen
en una serie de círculos concéntricos que nos acercan a un
final sabiamente calculado: la búsqueda de un misterioso hereje
autor de un no menos misterioso libro titulado La restitución
del cristianismo, que no va a ser otro que nuestro oscense
Miguel Servet, médico y teólogo, quemado vivo por Calvino
en Ginebra en 1553.
Es curioso que fuera el protestante Calvino quien quemara
herejes, y no la Inquisición católica, que era lo suyo. Este
libro me trae recuerdos de la espléndida recreación en El
Caballero de Sajonia (Juan Benet, en sus cuatro profundos
diálogos de Martín Lutero, de 1991) o la gran pieza de Alfonso
Sastre de 1965 La sangre y la ceniza. Flores rojas para Miguel
Servet más política que religiosa, o la imposible "cuadratura
del círculo", donde Álvaro Pombo no pudo reconciliar
entre sí la religión y la guerra en 1999 y sigue sin poder
hacerlo. Quizá esta "reconstrucción" no sea sino
el intento de Orejudo por crear una verdadera "des-construcción",
lo que parece estar más de acuerdo con su ideología personal.
Es curioso que utilizando los moldes trágicos de la novela
histórica con absoluta corrección y fidelidad a prueba de
bomba -aunque anacronismos y disparates vengan a minar tanto
formalismo de manera sorda y disimulada- el fondo histórico
sea dinamitado por la tremenda severidad de la historia contada,
con lo que le viene a dar la razón cuando afirmaba que "la
novela es un subproducto de la ficción en prosa". ¿Qué
será entonces el subproducto actual que es la llamada "novela
histórica", de un subproducto más amplio y general que
todo lo engloba?
Y no es de extrañar la mala fa ma que se extiende por la
novela histórica, dado que el verdadero problema es de la
historia en general. "La Historia es una catástrofe",
declaraba paladinamente en la televisión y hacía un llamamiento
a las nuevas generaciones europeas para olvidar su historia.
Pero ¿cómo hacer arte sin memoria? Quizá la respuesta de Orejudo
sea la adecuada: verter en moldes viejos las fábulas de verdad,
y darle la vuelta a esa hecatombe sombría de crímenes, canibalismos
y violencias sin final y así manda a los dos últimos protagonistas
(uno es el mismo del principio) por la calle de Miguel Servet
con que le ha honrado Ginebra, "para almorzar en una
de las casas de huéspedes más famosas" de la ciudad,
en un barrio residencial donde se espera a los turistas españoles,
y "donde se come bien, se bebe bien y pronto se olvidan
allá las aflicciones". "Y sin decir palabra los
dos hombres se componen la ropa y reanudan su descenso".
¿Reconstrucción? ¿No será Re-De-Construcción? ¿De qué y para
qué, veamos? Una pequeña joya que no quiere decir su nombre
o que lo dice al revés, bendita sea.
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