Miguel Serveto en la crítica filosófica de Menéndez Pelayo
Resumen redactado por Miguel Ángel Pascual Ariste
Fuente: Ensayos de crítica filosófica: 1.-De las vicisitudes
de la filosofía platónica en España (1889), por Don Marcelino
Menéndez Pelayo. Gran enciclopedia Durban. Enciclopedia católica.
Biografías y vidas.
Don
Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912). Polígrafo español,
nacido en Santander, fue catedrático de literatura, director
de la Biblioteca Nacional y de la Academia de la Historia
hasta su muerte. Su extraordinariamente extensa, importante
y creadora obra, abarca toda la vida intelectual de España:
ciencia, religión, filosofía, literatura, arte, etc. Lo que
escribió Menéndez Pelayo sobre la vida, obras y muerte de
Miguel Serveto en su “Historia de los heterodoxos españoles”
(1880-82), es sobradamente conocido, pero no lo es tanto,
cuando trata de su filosofía y lo describe: “ Miguel Serveto,
el neoplatónico heterodoxo y panteísta en quien reencarna
el espíritu de Plotino y de Proclo en su mayor grado de exaltación
y delirio”.
Además de tratar de su filosofía, defiende en este escrito
la autoría de Servet en el descubrimiento de la circulación
pulmonar de la sangre, apoyandose en el infatigable y docto
“servetista” H. Tollin que, en 1876, refutó la Memoria leída
en la Academia de Medicina de París, atribuyendo el descubrimiento
a Realdo Colombo, discípulo de Vesalio, que la describe en
su obra póstuma; “ De re anatómica” publicada en 1559, dieciséis
años después que Serveto (otro español, Juan Valverde, nacido
en el pueblo palentino de Amusco, también describió la circulación
pulmonar en 1556, en su obra “Historia de la composición del
cuerpo humano”). Y quizá, “por mantenella y no enmendalla”,
Menéndez Pelayo, al haber situado anteriormente el nacimiento
de Serveto en Tudela, dice en este ensayo: “Llamo aragonés
a Servet, porque así se llamaba él mismo, y de Aragón descendía;
pero su ciudad natal fue Tudela de Navarra, según consta por
declaración suya en el proceso de Viena del Delfinado, y por
los registros de la Universidad de París”.
Inicia el ensayo, destacando que: “Tres grades nombres compendian
en España el movimiento platónico del siglo XVI: León Hebreo,
Miguel Servet, Fox Morcillo”. De León Hebreo escribe que “representa
el más puro neoplatonismo florentino, renovado y vivificado
por la infusión de un elemento semítico-español muy poderoso,
que da a su doctrina una transcendencia ontológica hasta entonces
no lograda”.
Expone a continuación las generalidades de la Filosofía
del Renacimiento, que caracteriza fundamentalmente, como una
reacción contra el espíritu y procedimientos del peripatetismo
escolástico, seguidor de la filosofía de Aristóteles. Destaca
que el humanismo produjo el estudio y conocimiento del latín,
griego, hebreo; el estudio de las obras de los filósofos griegos
en sus fuentes; los grandes trabajos de investigación y de
filología que entonces comenzaban; la importancia que ya se
iba concediendo a los métodos de observación; los descubrimientos
de nuevas tierras y mares; la difusión por medio de la imprenta
de la verdad y el error en innumerables libros; todo concurría
al advenimiento de la libertad filosófica, por la que trabajaban
los platónicos, los aristotélicos adversarios suyos, los nuevos
y racionales dialécticos, los teósofos que aspiraban a conocer
la divinidad directamente, prescindiendo de la revelación
y de la especulación, los cabalistas con su interpretación
tradicional del Antiguo Testamento.
Señala que hubo una restauración de casi toda la ciencia
clásica libremente interpretada, y que Platón fué el primero
que volvió a las escuelas cristianas a disputar a su famoso
discípulo, Aristóteles, la hegemonía de que por tantos siglos
venía disfrutando. Conocidos ya por entero y en su lengua
Aristóteles y Platón, puestos enfrente y cotejados, surgió
el pensamiento de concordarlos, de resolver su aparente antinomia
en un armonismo superior.
Enfocando, resumidamente, el ensayo de Menéndez Pelayo, a
la figura de Serveto, como filósofo neoplatónico, copio textualmente:
“levántase también la sombría y trágica figura de aquel antitrinitario
aragonés, víctima de los odios teológicos de Calvino, y eternamente
memorable en los anales de la ciencia, por haber descrito
con claridad y exactitud, antes que otro ninguno, la pequeña
circulación o circulación pulmonar. Espíritu aventurero, pero
inclinado a grandes cosas, pasó como explorador por todos
los campos de la ciencia, y en casi todos dejó algún rastro
de luz. Inteligencia sintética y unitaria, llevó el error
a sus últimas consecuencias, y dio en el panteísmo, como solían
dar los herejes españoles e italianos de aquellos tiempos,
cuando discurrían con lógica. Teólogo herético, predecesor
de la moderna exégesis racionalista, filósofo neoplatónico,
médico, geógrafo, editor de Tolomeo, astrólogo perseguido
por la Universidad de París, hebraizante y helenista, estudiante
vagabundo, controversista incansable a la vez que soñador
místico; extremoso en todo, voltario (versátil) e inquieto,
errante siempre, como el judío de la leyenda, espíritu salamandra,
cuyo centro es el fuego (según la expresión de uno de sus
biógrafos alemanes), la historia de su vida y de sus opiniones
excede a la más complicada novela”.Tras esta semblanza, pasa
a estudiar el elemento neoplatónico, que puede reclamarse
en la concepción cristológica de Miguel Serveto. Divide su
doctrina en dos fases principales, aparte de otras secundarias.
“La primera fase, contenida en los siete libros De Trinitatis
erroribus (1531) y en los diálogos De Trinitate (1532), es
puramente teología arriana, sin mezcla ni intrusión de elemento
filosófico alguno. El Logos está entendido en la significación
material de oráculo, voz o palabra de Dios; las Divinas personas
no son todavía para Serveto hipostases, sino formas varias
de la Divinidad, facies multiformes, Deitatis aspectus: el
vocablo emanación está expresamente rechazado, como de sabor
demasiado filosófico, aunque por otra parte, Serveto parece
profesar un emanatismo de la especie más ruda y materialista
que puede imaginarse, hasta afirmar que «la carne de Cristo
fue educida o sacada de la substancia divina». No hay, pues,
filosofía de ninguna escuela en estos primeros escritos; pero
hay ya un verdadero y resuelto panteísmo”.
Servet, mucho antes de haber estudiado a Plotino y a Proclo,
y cuando no se inspiraba más que en el texto bíblico interpretado
a su modo, y en los primeros escritores de la Reforma, enseñaba
ya, sin ambajes, que «Dios es nuestro espíritu», que «Dios
es la esencia universal y esenciante», que «Elohim es la fuente,
de donde todas las cosas emanaron», y que «Dios, en sí mismo,
no tiene naturaleza alguna».( Elohim es el plural hebreo de
Eloah, Dios. En el Antiguo Testamento figura en 2570 ocasiones,
con el significado de Poderoso o Fuerte. Es un nombre “uni-plural”,
que algunos interpretan como la pluralidad de Dios en tres
personas, es decir, da a entender la Trinidad de Dios en:
Padre, Hijo y Espíritu Santo.)
Durante los años que transcurrieron desde 1532, fecha de
los Diálogos, hasta 1553, en que publicó el Christianismi
Restitutio, las ideas de Miguel Serveto experimentaron una
modificación profundísima, una segunda fase. “El antiguo teólogo
persistió en él, pero se amalgamó extrañamente con el anatómico
y el fisiólogo, condiscípulo de Vesalio y ayudante de Winter,
con el astrólogo y matemático del Colegio de los Lombardos;
y de una manera no menos extraña, con el pensador idealista
imbuído de las doctrinas neoplatónicas que en la Florencia
del Renacimiento se predicaban, y aun cegado por reminiscencias
y vislumbres de la escuela unitaria de Elea (doctrina que
nace con Parménides. Concibe el universo como una gran sustancia
que existe desde siempre y acabado: por esta razón el conocimiento
se reduce a la contemplación, donde el saber es la capacidad
de ver a través de las ideas. Postula un universo uniforme
e indivisible, acabado desde siempre, eterno y absoluto al
margen del tiempo). Así nos aparece Servet en aquella especie
de enciclopedia gnóstica, en aquel torbellino cristocéntrico,
que acabó por arrastrar a su autor a la hoguera de la colina
de Champel, encendida por los calvinistas con leña verde para
alargar el suplicio. No es posible engañarse sobre el carácter
de esta última evolución del pensamiento servetiano. El mismo
autor disipa toda duda con sus citas de Hermes Trismegisto
(1), Jámblico (2), Porfirio (3), Proclo (4) y Plotino(5),
y aun de algunos filósofos hebreos, como Aben-Ezra (6) y Maimónides
(7). La teoría de las Ideas está expuesta en toda su amplitud,
al tratar del nombre Elohim. Desde la eternidad estaban en
Dios las imágenes o representaciones de todas las cosas, reluciendo
en el Verbo (Logos) como en su arquetipo. Dios las veía todas
en sí mismo, en su luz, antes que fueran creadas, del mismo
modo que nosotros, antes de hacer una casa, concebimos en
la mente su idea, que no es más que el reflejo de la luz de
Dios, porque el pensamiento humano, como dice Philón (8),
es una emanación de la claridad divina. Sin división real
de la sustancia de Dios, hay en su luz infinitos rayos que
relucen de diversos modos. La Idea es luz que enlaza lo espiritual
con lo corpóreo, conteniéndolo y manifestándolo en sí todo.
Las imágenes que están en nuestra alma, como son lúcidas,
tienen íntima conexión y parentesco con las formas externas,
con la luz exterior y con la misma luz esencial del alma.
Y esta luz esencial del alma contiene las semillas de todas
esas imágenes, por comunicación de la luz del Verbo, en el
cual está la imagen ejemplar de todas”.
Esta doctrina, más que platónica, es philoniana; pertenece
a aquella escuela judaica de Alejandría que quiso llevar a
término la unión de la filosofía griega y de la teología hebrea,
y abrió los caminos del neoplatonismo. De Philón (8) ha pasado
íntegramente a Miguel Serveto la distinción entre el Logos
interno y externo, y aun el mismo concepto del Logos como
lugar de las ideas, de los ejemplares eternos y razones de
las cosas, o lo que es lo mismo, como un mundo intelectual,
prototipo del mundo visible, el cual realmente no nos ofrece
más que simulacros vanos y sombras que pasan. Pero el idealismo
de Miguel Serveto no se explica totalmente con Philon, ni
con los alejandrinos propiamente dichos. Es cierto que Miguel
Serveto afirma, como Plotino, la Divinidad de lo Uno, la unidad
universal en su simplicidad perfecta, el ente universalísimo
pero abstracto, ente incomprensible, inimaginable, incomunicable
e impersonal, que en rigor tampoco puede llamarse ente ni
esencia, porque está sobre la esencia y el ente, y viene a
confundirse con la nada o con la mera posibilidad de ser”.
Pero como Miguel Serveto se empeña en aparecer a un tiempo
cristiano y panteísta, empieza por corregir la doctrina de
Plotino con ayuda de la de Proclo, y admite, siguiendo al
filósofo ateniense, una doble consideración de lo “Uno: 1º
Como cosa inimaginable e inaccesible en sí; 2º Como esencia
uniforme, fondo y substratum de todos los seres”. Bajo este
aspecto, «Dios es la mente omniforme, el piélago infinito
de la substancia, que lo esencia todo, que da el ser a todo,
y que sostiene las esencias de infinitos millares de naturalezas
metafísicamente indivisas». De Proclo acepta también Miguel
Serveto el proceso o desarrollo de la esencia unidad por cuatro
diversos grados, que llama “modo de plenitud de substancia,
modo corporal, modo espiritual, y modo ideal, singular y específico”.
“El modo de emanación por plenitud de substancia se da sólo
en el cuerpo y espíritu de Jesucristo. Y véase de qué modo
tan extraño viene a injertarse el cristianismo unitario de
Servet en su concepción panteísta. Veinte veces afirma que
«Dios es todo lo que ves y todo lo que no ves», que «Dios
es parte nuestra y parte de nuestro espíritu», y, finalmente,
que «es la forma, el alma y el espíritu universal», y a pesar
de fórmulas tan desoladas y tan crudas, su alma, naturalmente
mística y enamorada de lo suprasensible, no puede resignarse
ni a la unidad yerta de la concepción de Plotino, ni al frío
deísmo de los socinianos (unitarianos de la escuela de los
Sozzini). En el fondo de su alma quedaban semillas cristianas,
y era, a su modo, más que devoto, ebrio de Cristo, de un Cristo
ideal y arquetipo; y a este Cristo así concebido le puso como
centro del mundo de las Ideas. Para Servet, todo vive idealmente
en Dios y todo se concentra realmente en Cristo. El panteísmo
de Servet más bien debiera llamarse pan-cristianismo, porque
en su sistema, Cristo es la fuente de todo, la deidad sustancial
del cuerpo, del alma y del espíritu, y de su sustancia espiritual
emanó por espiración la sustancia de los ángeles y de las
almas”.
La Cosmología y la Antropología de Miguel Serveto son una
mezcla confusa e incoherente de ideas materialistas y platónicas.
Lo más original de ella es la teoría de la luz, así material
como espiritual. A esta palabra luz da Serveto unas veces
el sentido directo y otras el figurado. La asimila con la
entelechia de Aristóteles: “es la madre de las formas, el
resplandor o refulgencia de la idea, la agitación continua,
la energía vivificadora, el principio de la generación y de
la corrupción, la fuerza que traba los elementos, la forma
sustancial de todo, o el origen de todas las formas sustanciales,
puesto que de la variedad de formas y combinaciones de la
luz procede la distinción de los objetos. Cuanto hay en el
mundo, si se compara con esta luz, es materia crasa, divisible
y penetrable. Esa luz divina penetra hasta la división del
alma y del espíritu penetra la sustancia de los ángeles y
del alma, y lo llena todo. Así como la luz del sol penetra
y llena el aire, la luz de Dios penetra y sostiene todas las
formas del mundo, y es, por decirlo así, la forma de las formas”.
(Esta teoría del conocimiento por medio de la luz, la define
Menéndez Pelayo en otro escrito, como más poética que filosófica;
“es en Servet una luz física cuando nos revela y manifiesta
el mundo real, particular, variable y limitado; pero es luz
divina, refulgencia de la forma una e infinita, luz increada
o esencial, cuando nos pone en contacto con el mundo de lo
inteligible, con el mundo de las leyes y de las causas. Esa
luz divina es la que forma en el hombre la palabra interior,
y le da, por último término del conocimiento intuitivo, la
apercepción de lo infinito, la visión de Dios en vista real”.)
Termina, Menéndez Pelayo, de explicar la filosofía de Serveto,
aliviado de pasar, de la “atmósfera tormentosa en que míseramente
se perdió el genio de Miguel Servet”, a la atmósfera serena
y lúcida en que vivió, al que considera, el más ilustre de
los platónicos españoles del Renacimiento, Sebastián Fox Morcillo,
al que define como: “...el filósofo sintético y armonista,
que volviendo la espalda al sincretismo alejandrino (que trata
de conciliar doctrinas diferentes), busca un modo más alto
de concordia entre los dos principios del pensamiento griego,
y da con una fórmula fecunda, que lleva en potencia toda una
revolución metafísica”.
Trata al final, de la evolución de el platonismo, hasta el
siglo XX. Citando en el siglo XVII, “la brillante manifestación
en el Tratado de la Hermosura de Dios y su amabilidad por
las infinitas perfecciones del ser divino, obra del P. Juan
Eusebio Nieremberg”. Considera que posteriormente, la forma
se mantiene elegante todavía, pero algo afeminada y, en suma,
más graciosa que bella, y aparece muelle, oscilante y poco
precisa, y a la larga todo se convierte en fórmula vacía,
que llega a repetirse mecánicamente como una lección aprendida
de coro.
“La abundante literatura filosófica del siglo XVIII no nos
presenta la huella de Platón en parte alguna. Reducida cada
vez más la filosofía a un empirismo ideológico, rebajada en
muchas ocasiones hasta confundirse con la Gramática, envuelta
con deplorable frecuencia en el tumulto de la controversia
política y social que por momentos arreciaba, bajó de su pedestal
para convertirse en arma de combate en manos de enciclopedistas
y de apologistas, mucho más atentos a las consecuencias y
aplicaciones que a los principios. La Metafísica propiamente
dicha fue teniendo cada día menos cultivadores”.
Platón pertenece hoy a la literatura mucho más que a la filosofía.
Con haber sido tan poderosa la corriente idealista en la primera
mitad del siglo XX, ha corrido siempre por cauce distinto
del cauce socrático. Las ideas son de todo el mundo, o más
bien, no son de nadie: en el pensador más original se pueden
ir contando uno por uno los hilos del telar ajeno que han
ido entrando en la trama; la originalidad sólo en la forma
reside. Todo lo imperfecto, lo mudable, lo relativo y contradictorio
es ajeno del purísimo ser de la idea platónica, que jamás
se digna descender de su solio para lanzarse en el irrestañable
torrente del heraclitismo (9). La metafísica de las costumbres,
de Kant, fatalmente pesimista, no fue engendrado en aquellos
sagrados bosquecillos donde filosofaba Platón «a orillas del
Iliso (río de Atenas), a la sombra del plátano, sobre la blanda
hierba, lugar acomodado para juego de doncellas, santuario
de las Ninfas y del Aquelóo (en la mitología, primogénito
de los dioses-ríos y padre de las sirenas), donde espira fresco
viento y resuena el estivo coro de las cigarras».
Dijo Cervantes que aun “las mejores traducciones eran tapices
vueltos del revés”; pero hay algo peor que las traducciones
de palabras, y son las traducciones de ideas y sistemas ajenos
a nuestro propio sistema e ideas. Por eso los grandes filósofos
han solido ser tan malos historiadores de la filosofía, al
paso que esta historia ha debido servicios eminentes a espíritus
relativamente medianos y modestos. Bástale al historiador
de la filosofía comprender lo que expone: con esto se librará
de la peligrosa tentación de rehacerlo. Así, que a mi, que
me resulta trabajoso entenderla y más todavía explicarla (ya
que sólo estoy copiando y resumiendo), a lo peor resulto el
mejor narrador.
Malos vientos parece que corren hoy para el idealismo de
Platón y aun para todo idealismo, dice Don Marcelino. Hoy,
muchos estudian la filosofía como una especie de literatura,
como un objeto de investigación y de curiosidad erudita, como
una rama de la arqueología y de la filología. En suma: el
realismo, el pesimismo, el positivismo, el materialismo, el
empirismo, el criticismo y el escepticismo, han contribuído
juntos o aislados a difundir un marcadísimo desdén hacia la
filosofía pura. Los excesos del idealismo fantástico no podían
menos de traer esta reacción. “Lo particular, lo individual,
lo infinitamente pequeño, lo accidental y fortuito, se ha
sobrepuesto en tales términos a lo general, a lo trascendental
y a lo absoluto; ha llegado a tal desmenuzamiento el trabajo
intelectual; han triunfado de tal modo las monografías sobre
las síntesis, que, en vez de la luz, comienza a producirse
el caos, a fuerza de amontonar sin término, y a veces sin
plan, hechos, detalles, observaciones y experiencias”.
“La humanidad está condenada a plagiarse siempre y a ser
siempre distinta”. Hay en los pensadores actuales, un hastío
creciente del puro empirismo y del puro criticismo, y una
tendencia a volver a la afirmación metafísica, próxima al
armonismo. La Metafísica brota de las entrañas de la Psicología,
y al mismo tiempo la explica y le da su razón última por analogía
trascendental. Dios sirve para entender el alma, y el alma
para entender la naturaleza, porque según la profunda sentencia
de Aristóteles, el alma es el lugar de todas las formas, y
según la no menos profunda de Leibniz, «el cuerpo es un espíritu
momentáneo, una dispersión o refracción del espíritu».
“He dicho”. Así es como acaba Don Marcelino Menéndez Pelayo,
la conferencia (aquí resumida o ¿destrozada?) que pronunció
ante estudiantes, a los que reiteradamente se dirige.
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APUNTES DE TERMINOLOGÍA
(1)Hermes Trismegisto.- el tres veces grande; gran filósofo,
gran sacerdote, gran rey. Más que como identidad personal,
se considera un agrupamiento de enseñanzas y descubrimientos,
que los antiguos egipcios ponían bajo su protección. Los legendarios
millares de escritos “herméticos”, fueron posteriormente rellenadas
por los griegos, difundiendose sus enseñanzas especialmente
por los neoplatónicos y gnósticos en el Renacimiento. Su obra
más significativa es “La Tabla Esmeralda”
(2)Jámblico.- nacido en Siria, murió hacia 330 en Italia.
Enfatizó el factor mágico o teúrgico en el esquemo neoplatónico
de la salvación. Inició el esfuerzo en distinguir tres etapas
o momentos subordinados en el proceso de emanación: el original,
la emergencia del original y el retorno al original.
(3)Porfirio.- (233 a 303) nació probablemente en Tiro. Discípulo
de Plotino, escribió “Contra los Cristianos”, a los que ataca
con lo que hoy llamariamos criticismo histórico del Antiguo
Testamento, el estudio comparado de las religiones y una defensa
de la mitología pagana. Sostiene que las prácticas ascéticas
son el punto de partida del camino de perfección. Considera
a Pitágoras y Plotino modelos de santidad y hacedores de milagros.
(4)Proclo.- nacido en Bizancio en el 410, murió hacia el
485. Fue director de la Academia de Atenas. Conformó un sistema
neoplatónico, que integraba los aportes de las religiones
antiguas y de las ciencias y filosofía griega, enfrentandose
al cristianismo, que se presentaba como única religión verdadera.
Afirma, siguiendo a Plotino, que todo procede del UNO por
EMANACIÓN.
(5)Plotino.- (205 a 270) nació en Licópolis (Egipto). Es
el iniciador del neoplatonismo, filosofía idealista y espiritualista
tendente al misticismo. Para él, Dios está: “más allá del
ser”, “más allá de la sustancia”, “más allá de la mente”.Considera
el UNO, como el nombre menos inadecuado para hablar de Dios,
porque de él parte toda multiplicidad. Las cosas no son creadas,
sino que EMANAN de Dios.
(6)Aben-Ezra.- (1092 a 1167) nació en Toledo. Celebrado
Rabino español, sobresalió en filosofía, astronomía, medicina,
poesía, lingüística y exégesis. Su mayor trabajo son sus comentarios
de los Libros Sagrados, en los que se adhiere al sentido literal,
evitando alegorías rabínicas y extravagancias cabalísticas.
(7)Maimónides.- nacido en Córdoba en 1135, fue filósofo,
teólogo judío y médico. Asentó la teología judaica sobre los
principios de la razón según la filosofía aristotélica, subordinando
la fe a su personal criterio, negando las enseñanzas de la
fe, allí donde ofrece alguna duda a su razón.
(8)Filón de Alejandría.- (-25 a 50) intentó conciliar la
Torá con el pensamiento filosófico griego, especialmente platónico.
Culminó lo que puede llamarse Filosofía Judeo-Helenística,
intentando conciliar la ciencia con las creencias.
(9)Heráclito de Éfeso, “el Oscuro”.- (544 a 484 a. de C.)
escribió “Sobre la Naturaleza”, recopilación de sentencias
de carácter enigmático y oracular. Afirma que este cosmos
no lo hizo ningún dios, ni ningún hombre, sino que siempre
fue, es y será fuego eterno, que se enciende y extingue según
medida. Interpreta que todo movimiento está regulado por una
“ley universal”, el Logos, que conduce a la armonía y unificación
de los elementos contrarios.

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