Las creencias teológicas de Miguel Servet según
Peter Hughes
Casi todas las copias de la obra magna de Miguel Servet,
Christianismi Restitutio, fueron destruidas por las autoridades.
Únicamente se han conservado tres copias (más
detalles en “Out of the flames”). Su peculiar
y poco ortodoxa teología trinitaria, que le convirtió
en un hombre perseguido en casi todos los países de
Europa, no puede resumirse de forma sencilla. El académico
unitario Earle Morse Wilbur, quien ya había traducido
De Trinitatis Erroribus, no demostró mucha afición
por Restitutio y se resistió a aceptarla. John Godbey,
un académico unitario universalista de la Reforma,
escribió: "la mayoría de las personas no
alcanzan a una comprensión de sus opiniones que les
permita realizar declaraciones razonables sobre él."
Miguel Servet no aceptaba la doctrina del pecado original
ni la teoría de la salvación que se basa en
éste, ni las doctrinas sobre la doble naturaleza de
Cristo ni de la expiación indirecta conseguida con
su muerte. Creía que Jesús tenía una
sola naturaleza, humana y divina a la vez, y que Jesús
no era otra entidad de Dios independiente del Padre, sino
Dios mismo en la tierra. Otros seres humanos conmovidos por
la gracia cristiana, podrían vencer al pecado y convertirse
progresivamente en seres divinos. Pensaba que la existencia
de la trinidad suponía una "economía"
de las formas de actividad que Dios puede poner en juego.
Cristo no siempre existió. Siendo sólo una sombra,
fue dotado de existencia real cuando Dios necesitó
ejercer esa forma de actividad. Al cabo de un tiempo, dejaría
de ser una forma distinta de la expresión divina. Miguel
Servet se refería a la Trinidad, en su concepción
más vulgar y popular, como "un Cerbero de tres
cabezas." (En la mitología griega, Cerbero era
un perro de tres cabezas que habitaba el infierno.)
Miguel Servet no creía que la gente fuera totalmente
depravada como lo suponía la teología de Calvino.
Él pensaba que todos, incluso los no cristianos, eran
susceptibles o capaces de mejorar y redimirse. No limitaba
los beneficios de la fe a los pocos destinatarios de una frugal
bendición de Dios como presuponía la doctrina
de los elegidos de Calvino. Por el contrario, la gracia abunda
y los seres humanos sólo necesitan la inteligencia
y el libre albedrío que todos poseen para estar a su
alcance. Miguel Servet no definió, como sí hizo
Calvino, un abismo infinito entre el mundo divino y el mundo
terrenal. Él concebía el reino divino y el material
como un continuo de las entidades divinas. Afirmaba que Dios
estaba presente en toda la creación. Este rasgo de
la teología de Miguel Servet resultaba detestable para
Calvino. En el juicio de Ginebra, Calvino preguntó
a Miguel Servet: "¡Qué, desgraciado! Si
alguien diese una patada en el suelo, ¿dirías
que alguien dio una patada a tu Dios?"
Calvino le preguntó si también el diablo era
parte de Dios. Miguel Servet se rió y replicó:
"¿Lo dudas? Esto representa mi principio fundamental
de que todas las cosas son una parte de Dios y la naturaleza
de estas cosas es el espíritu sustancial de Dios."
El diablo era un factor importante de la teología
de Miguel Servet. Se consideraba un dualista; pensaba que
Dios y el diablo estaban inmersos en una gran batalla cósmica.
El destino de la humanidad era una pequeña refriega
en la historia de la salvación. Acusaba a los trinitarios
ortodoxos de crear su doctrina sobre la Trinidad, no para
definir a Dios, sino para creerse fundamentales en los designios
de Dios. Como los trinitarios habían definido a Dios
según su conveniencia, Miguel Servet les llamaba ateos.
La demonología de Miguel Servet aseguraba que el diablo
había creado el papado como eficaz contramedida para
la llegada de Cristo a la tierra. A través de los Papas,
el diablo se había apoderado de la Iglesia. El bautismo
infantil era un rito diabólico, instituido por Satanás,
quien en la antigüedad, había presidido sacrificios
infantiles paganos. Calculó que el Arcángel
Miguel llegaría pronto para traer consigo la liberación
y el fin del mundo, probablemente en 1585.

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