Cartas desde prisión
Carta 1
Muy
honorables señores: Humildemente les pido que acorten
estas largas esperas o que me absuelvan de la acusación.
Pueden ver que Calvino se encuentra en un punto muerto sin
saber qué decir y, para su regocijo, desea verme pudrir
aquí en prisión. Los piojos se me comen vivo,
mi ropa está raída y no tengo nada para cambiarme,
ni una chaqueta ni una camisa. Les he enviado otra petición
de acuerdo con Dios pero Calvino para impedir que la concedieran
les llamó justinianos. En verdad, es de malintencionado
alegar en contra mía lo que él mismo no cree.
Él mismo no cree lo que Justiniano ha dicho de la Santa
Iglesia, de los obispos, del clero y de otros temas religiosos.
Y sabe bien lo deteriorada que la Iglesia ya estaba. Es una
gran vergüenza por su parte, mantenerme encerrado aquí
durante cinco semanas y que no haya alegado en mi contra ni
un solo pasaje.
Señores míos, también les he solicitado
un procurador o abogado que pueda hablar por mí, de
igual forma que se lo permitieron a él sin encontrarse
en mi misma situación. Por ser un extranjero desconocedor
de las costumbres de este país, no puedo defenderme
por mí mismo. Le han permitido que tenga un abogado
pero no a mí y le han liberado de la cárcel.
Solicito que mi caso sea presentado ante el Consejo de los
Doscientos con todas mis peticiones y si puedo, estoy dispuesto
a asumir todos los gastos, pérdidas e intereses, solicito
apelar a la "ley del talión" para mi primer
acusador y para Calvino, su señor, quien ha dirigido
el caso él mismo. En la prisión de Ginebra,
a 15 de septiembre de 1553. Miguel Servet, por su propia causa.
Carta 2
Muy honorables señores: Me encuentro detenido por
los cargos delictivos presentados por Juan Calvino, quien
falsamente me acusa de haber dicho lo que sigue: 1. Que las
almas son mortales 2. Que Jesucristo únicamente adquirió
de la Virgen María una cuarta parte de su cuerpo. Se
trata de cosas horribles. Entre todas las herejías
y todos los delitos, no existe ninguno tan grande como pretender
que el alma es mortal. En todo lo demás, puede haber
esperanza de salvación, mientras que no la hay con
tal herejía. Quien lo pretenda, no cree en la existencia
de Dios, ni la justicia, ni la resurrección, ni Jesucristo,
ni las Sagradas Escrituras ni nada más. Sólo
cree que todo muere y que el hombre y la bestia son una misma
cosa. Si yo hubiera dicho o escrito tal cosa, yo mismo me
condenaría a la muerte por haber ofendido al mundo.
Por consiguiente, señores míos, solicito que
mi acusador sea castigado según la ley del talión
y sea detenido como prisionero hasta que el asunto se haya
zanjado con su muerte o la mía o con cualquier otro
tipo de castigo. Y para ello, yo mismo me someto a la citada
ley del talión. Estoy de acuerdo en morir si no se
le inculpa con estas dos razones y otras que detallo abajo.
Les exijo, señores míos, justicia, justicia,
justicia.
Redactado en la prisión de Ginebra, a 22 de septiembre
de 1553.
Miguel Servet, por su propia causa.
Carta 3
Ilustres señores: Ya hace tres semanas que solicité
una audiencia que todavía no me ha sido concedida.
Les suplico, por amor a Jesucristo, que no me nieguen lo que
ni negarían a un turco que buscara justicia. Tengo
algunos asuntos importantes y necesarios que comunicarles.
En cuanto a su orden de que se hiciera algo por mantenerme
limpio, no se ha hecho nada y me encuentro en peores condiciones
que antes. Además, a causa de un cólico y una
hernia, el frío me perjudica enormemente, a la vez
que me provoca otras dolencias que no me siento capaz de describir.
Es una gran crueldad que no pueda ser escuchado ni para dar
alivio a mis necesidades. Por el amor de Dios, señores
míos, dicten su orden, ya sea por clemencia o por obligación.
Redactado en la prisión de Ginebra, a 10 de octubre
de 1553. Miguel Servet.

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