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Restitutio fue impresa a principios de 1553. Unas mil copias
se enviaron en fardos a Lyon, donde se guardarían hasta
que pudieran salir a la venta durante las ferias de Pascua
del lugar y de Frankfurt, los dos grandes mercados del libro
del norte de Europa. Frellon, probablemente sin prever las
consecuencias de su gesto, enseguida envió una copia
a Calvino, quien comparándola con el manuscrito que
Miguel Servet le había enviado, se dio cuenta de que
ambos textos eran del mismo autor. No podía permitirse
que tal herejía se apoderara de toda Europa, sin mencionar
la falta de respeto mostrada en las cartas reproducidas en
el libro; y Calvino se dispuso a actuar. Resultó ser
que tenía un vecino y amigo confidente, Guillaume Trie,
un refugiado protestante de Lyon que todavía se escribía
con un pariente católico. Calvino le relató
lo que conocía del nuevo libro y de su autor. Trie
de inmediato escribió a su pariente (no es difícil
creer que esto se llevó a cabo con el conocimiento
y la aprobación de Calvino ya que, anteriormente, él
mismo había denunciado a Miguel Servet por hereje al
arzobispo de Lyon), comunicándole que había
un hereje en su vecindario que merecía ser quemado
vivo por blasfemar sobre la Trinidad y pronunciar otras malvadas
herejías. Le indicó que su nombre era Miguel
Servet pero que se le conocía por Villeneuve y que
vivía en Vienne como médico. Para rematar el
tema, le adjuntó las primeras cuatro páginas
de Restitutio. Todo salió como Trie (y Calvino) deseaba.
La carta pronto llegó a manos del Inquisidor. Se tomaron
medidas prudentes y Miguel Servet fue convocado ante las autoridades
e interrogado mientras se registraba su domicilio. Las imprentas
también se registraron pero no pudo encontrarse ninguna
prueba y los acusados fueron puestos en libertad.
Trie recibió otra carta solicitando más pruebas
que inculparan a Servet, y con la ayuda de Calvino las proporcionó
de buena gana. Envió unas cuantas cartas confidenciales
que Miguel Servet había escrito a Calvino junto a una
copia del Institutio que Miguel Servet había revisado
con anotaciones. También les hizo llegar el libro manuscrito
que Miguel Servet había enviado a Calvino años
antes. Los jueces lo examinaron todo, encontraron pruebas
convincentes y ordenaron el arresto de Miguel Servet. Como
al formularle astutamente preguntas sobre su vida y obra anterior
él les daba evasivas, los jueces al final le enseñaron
las cartas escritas con su propia letra pero firmadas con
el nombre de Miguel Servet, identificando así al Dr.
Michel de Villeneuve que tenían ante ellos como el
famoso hereje Miguel Servet. Dándose cuenta de que
estaba acorralado, y aferrándose a cualquier cosa que
le salvara de la muerte, presentó un ingenioso subterfugio
que, sin embargo, no consiguió engañar a los
jueces. Antes de que el interrogatorio finalizara, el tribunal
levantó la sesión hasta la mañana siguiente.
Esa noche, Miguel Servet envió a su criado a recoger
una gran cantidad de dinero que poseía y al amanecer
se escapó de la cárcel — según
parece gracias a la connivencia de amigos influyentes. Cuando
se dieron cuenta de su fuga, él ya estaba fuera de
su alcance.
El juicio siguió sin él estar presente y se
alargó diez semanas. Las imprentas fueron descubiertas
y se encontraron fardos que contenían 500 copias del
libro en Lyon. Miguel Servet fue declarado culpable de herejía
y de otros crímenes relacionados con ella y fue condenado
a morir quemado a fuego lento junto a sus libros. En esa época,
no se aplazaban las ejecuciones porque no se encontrara al
condenado. Se hizo un muñeco de Miguel Servet ese mismo
día y después de colgarlo debidamente, fue quemado
junto a sus libros en una plaza pública, donde seguramente
todos, excepto el Inquisidor y Calvino, se mostraron satisfechos.
El juicio había sido procesado por un tribunal civil.
Un tribunal eclesiástico procedería ahora a
condenar a Miguel Servet por cuenta propia. Dos días
después de Navidad, este tribunal también le
declaró culpable de herejía y volvió
a ordenar la quema de sus libros. Pero era demasiado tarde.
Miguel Servet ya había encontrado su abrasador destino
dos meses antes en Ginebra.
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