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A pesar de que Miguel Servet, además de extranjero
y católico, era un joven de tan sólo diecinueve
años, Ecolampadio, hombre distinguido lleno de ocupaciones
y al que doblaba la edad, le acogió durante un tiempo
con paciencia. Y aunque se escandalizaba con las opiniones
que aquel expresaba, intentó convencerle de sus errores.
Aún así, no tardó en ver a Miguel Servet
tan engreído, tan obstinado con sus opiniones e intentando
imponer sus propias ideas en lugar de humildemente aprender
la verdad, que perdió la paciencia. Cuando Miguel Servet
se quejó de que Ecolampadio ya no le escuchaba, éste
le escribió en respuesta: “Tengo más motivos
para quejarme que tú. Me has impuesto tu presencia
como si yo no tuviera nada más que hacer que responder
a tus preguntas.” Servet, entonces, tras no haber conseguido
una entrevista con Erasmo, quien en ese momento vivía
en Basilea, se dirigió a Estrasburgo para ver qué
podía conseguir con los reformadores de allí.

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