Sobre la Ejecución de Miguel Servet
Si
alguien hubiera visitado la ciudad de Ginebra el 27 de octubre
de 1553, podría haber presenciado la trágica
escena que William Osler describe de manera tan conmovedora:
"Poco después de las doce, una procesión
partió del Ayuntamiento de Ginebra; los magistrados
y el clero de la ciudad con sus togas, el fiscal y otros oficiales
a caballo, una guardia montada de arqueros, los ciudadanos,
una multitud de seguidores de lo más variopinto, y
en medio de todos ellos, con los brazos atados y ropas sucias
y harapientas, caminaba un hombre de mediana edad, cuyo rostro
de intelectual acusaba las marcas de un largo sufrimiento.
Tras pasar por la calle St. Antoine a través del portal
de su mismo nombre, el cortejo se dirigió hacia el
Calvario de la ciudad. Una vez fuera de las murallas, se abrió
ante ellos una vista magnífica: a lo lejos, las aguas
azules y las cautivadoras orillas del lago Ginebra, al noroeste
el inmenso anfiteatro de Jura, con sus montañas coronadas
de nieve, y al sureste el maravilloso valle del Ródano.
Aun así, podemos imaginarnos que pocos ojos se separaron
de la figura central de la triste procesión. A su lado,
suplicándole sinceramente, iba el anciano pastor, Farel,
quien había dedicado gran parte de su vida al servicio
de sus conciudadanos. Tras subir la colina, llegaron al campo
de Champel y aquí, en lo alto de su promontorio, se
alzaba la fatídica hoguera con cadenas colgando y haces
de leña amontonadas a su alrededor. Ante esta visión,
la pobre víctima se postró en el suelo rezando.
En respuesta a la exhortación del clérigo para
que hiciera una confesión, se escuchó el grito
"¡Misericordia, misericordia! ¡Jesús,
Hijo del Dios eterno, apiádate de mí!"
Atado al poste con las cadenas de hierro, con una corona de
paja y ramitas verdes cubiertas de azufre en su cabeza, con
una cara larga y siniestra, se parecía al mismísimo
Cristo en cuyo nombre estaba amarrado. Alrededor de su cintura
le habían atado un fardo de manuscritos y un grueso
libro impreso en octavo. Se le prendió fuego y cuando
las llamas se propagaron con la paja y el azufre y se reflejaron
en sus ojos, se escuchó un grito desgarrador que aterrorizó
a los que estaban allí presentes. La leña estaba
verde y la quema resultó ser lenta. Pasó mucho
tiempo antes de que, agonizando, gritara otra vez: "¡Jesús,
Hijo del Dios eterno, ten misericordia!". Así
murió a los cuarenta y cuatro años Miguel Servet
Villanovanus, médico, fisiólogo y hereje. Hubiese
podido gritar "¡Jesús, Eterno Hijo de Dios!"
en el último momento y se habrían soltado las
cadenas, se le hubiera quitado la corona y se hubiera esparcido
la leña. Prefirió mantenerse fiel hasta la muerte
a lo que él consideraba que era la Verdad según
la Biblia."
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