Erasmo y Servet
Por Carlos Bravo Suarez, Diario del Alto Aragón
(17/02/2008)
Miguel
Servet (Villanueva de Sijena, 1511 - Ginebra, 1553) es uno
de los personajes más ilustres que el Alto Aragón
ha dado a la cultura universal. No sólo por su descubrimiento
de la circulación menor de la sangre, sino por sus
aportaciones teológicas, que él siempre consideró
más importantes que sus hallazgos científicos
y que le llevaron a la muerte en la hoguera a manos de los
fanáticos calvinistas y a su quema simbólica
por un catolicismo intransigente al que había intentado,
acaso con excesiva pasión y vehemencia, combatir y
regenerar.
La difusión de la obra y el pensamiento servetianos
en el extranjero contrasta con el desconocimiento que de ellos
se tiene todavía en nuestro país. No obstante,
de un tiempo a esta parte, la figura del sabio sijenense está
generando una creciente bibliografía también
en España y en español. Algunos de los autores
que en los últimos tiempos se han interesado por Servet
son, además, aragoneses. El primero y principal, el
profesor turolense Ángel Alcalá, catedrático
emérito por la Universidad de Nueva York, editor de
las obras completas del teólogo y científico
monegrino y máximo servetista en la actualidad. También
sobre Servet ha escrito su paisano Francisco Carrasquer, cuyo
libro más reciente, “Servet, Spinoza y Sender.
Miradas de eternidad” (PUZ, 2007), es una interesante,
abierta y densa reflexión sobre las conexiones posibles
entre el pensamiento y la obra de estos tres grandes escritores,
principalmente entre Servet y el gran filósofo holandés
de origen judío-español Barucc Spinoza. En el
inicio de su libro, Carrasquer escribe un brillante poema
“in memoriam” de Miguel Servet Conesa. En él
destacan unos versos en los que lamenta el ostracismo al que
el sijenense ha sido siempre sometido por sus propios compatriotas:
“¡Baldón a España, mala madre, que
no te ha conocido, / ni aún menos ha dado a conocer
tu genio y tus atisbos / como el primer Renacentista de sus
hijos y su Humanista / más cabal! ¡Y más
baldón, si cabe, porque han sido / extranjeros, como
Voltaire, los que han roto una lanza / por ti, Servet, mientras
tus compatriotas ni rechistan!”
Precisamente sobre la defensa que en el siglo XVIII hizo
Voltaire de Miguel Servet frente al intolerante Calvino, escribió
hace ya unos años el profesor José Antonio Ferrrer
Benimeli el libro “Voltaire, Servet y la tolerancia”,
publicado en 1980 por el Instituto de Estudios Sijenenses
“Miguel Servet”. Esta misma institución,
que realiza desde hace tiempo una muy meritoria labor, publicó
en 2006 un magnífico ensayo que, por su rigor y didactismo,
merece un lugar destacado entre la bibliografía dedicada
al sabio altoaragonés. Se trata de “La influencia
de Erasmo en las obras de Miguel Servet”, escrito por
el barcelonés Jaume de Marcos Andreu. El libro, en
versión bilingüe español-inglés,
es el resultado de un máster en Historia de las Religiones
realizado por su autor en la Universidad Autónoma de
Barcelona. Sobre las tesis que en él se defienden con
claridad y buena prosa, pretende tratar brevemente este artículo.
Erasmo de Rotterdam (1469- 1536) es probablemente la figura
más importante de la cultura europea del Renacimiento.
La influencia del gran humanista holandés alcanza a
la mayor parte de los pensadores y escritores de la época,
y se deja sentir principalmente en el terreno religioso. Erasmo
está en la base de buena parte de los movimientos reformistas
cristianos que surgen en Europa en un periodo especialmente
convulso para el continente. Casi sin que su autor se lo propusiera,
el pensamiento erasmista sobre la urgencia de recuperar la
pureza y la autenticidad del cristianismo original y la necesidad
de volver a las fuentes evangélicas de las que la Iglesia
se había alejado serán el punto de partida de
una reacción contra el poder y la corrupción
vaticana que alcanzará su máxima expresión
con la Reforma protestante de Martín Lutero. Moderado
en el fondo y partidario de una regeneración de la
Iglesia desde dentro de la propia institución, el enfrentamiento
entre los diversos sectores cristianos y el radicalismo creciente
llevarán a Erasmo a recibir, sin embargo, virulentas
críticas de uno y otro lado, frente a las que el holandés
intentará mantener siempre su independencia de criterio.
Dentro de la efervescencia religiosa que recorre la Europa
del siglo XVI, irrumpirá con tremenda fuerza la figura
del médico aragonés Miguel Servet, conocido
con el sobrenombre de “Revés”. Su absoluto
rechazo del dogma de la Trinidad y su llamamiento a una restauración
radical que regenerara por completo el cristianismo decadente
y corrompido de la época le acabaron llevando irremediablemente
a un trágico final en la hoguera. Menos diplomático
y ambiguo que Erasmo - y sin su experiencia, fama y reconocido
prestigio -, la pasión y el terco empeño con
que defendió sus propuestas religiosas, además
de una considerable imprudencia para los tiempos que corrían,
le impidieron escapar al afán inquisidor con que el
fanatismo religioso, cultivado desde todos los bandos, perseguía
cualquier disidencia o heterodoxia.
Es seguro que Servet leyó muy pronto a Erasmo. Posiblemente
ya en su adolescencia, cuando sirvió al clérigo
Juan de Quintana, quien según Ángel Alcalá
era oscense y agustino. Era también humanista y seguidor
de Erasmo, doctor por la Sorbona y miembro de las Cortes de
Aragón, y llegaría a ser confesor de Carlos
I. El emperador defendió a los erasmistas hasta que
el triunfo de Lutero los convirtió en sospechosos y
comenzó su persecución. Servet acompañó
a Quintana a la coronación de Carlos I en Bolonia en
1530. La pompa y el lujo del cortejo papal en la ceremonia
alejaron para siempre al aragonés de la ortodoxia católica.
Algo parecido, aunque menos radical y con una respuesta literaria
más satírica y menos apasionada, le había
ocurrido a Erasmo unos años antes en Roma al ser testigo
ocasional de un desfile de la comitiva del Papa Julio II.
Ambos rechazaban por completo el lujo y la ostentación
del Vaticano, pero Servet lo hace con mayores dosis de radicalidad
y desprecio.
No hay constancia de que Erasmo y Servet llegaran a conocerse
personalmente, y aunque es muy posible que Erasmo leyera el
libro del aragonés “De Trinitatis Erroribus”,
publicado en 1531, las delicadas circunstancias del momento
harían poco prudente dar su opinión sobre una
obra que arremetía con dureza contra el sagrado e incuestionable
dogma trinitario.
Jaume de Marcos, en su magnífico libro, establece
cinco puntos sobre los que comparar las posiciones respectivas
de Erasmo y Servet: el método filológico en
el discernimiento de la verdad, la restauración del
puro cristianismo, la cuestión trinitaria, las tentaciones
irenistas y el libre albedrío y las buenas obras.
Como la mayoría de los humanistas del Renacimiento,
Erasmo y Servet defienden la vuelta a las fuentes evangélicas
originales, como parte de un retorno a un cristianismo más
primitivo y puro y a una religiosidad más sencilla,
basada en los hechos y no en las falsas apariencias y las
ceremonias fastuosas. Erasmo, tras aprender la lengua griega
sólo para ese propósito, realizó una
celebrada edición del Nuevo Testamento a partir de
su original heleno. No se vio capaz, sin embargo, de aprender
también el hebreo. Servet superó en este aspecto
a Erasmo, pues además del latín en el que ambos
escribían, el aragonés dominaba tanto el griego
como la lengua hebrea, lo que le permitía utilizar
abundantes citas evangélicas originales en sus argumentaciones
teológicas.
Ambos coinciden, como se ha dicho, en la urgente necesidad
de restituir un cristianismo puro frente a la decadencia y
la corrupción existentes. Sin embargo, sus propuestas
son distintas: más moderada e irónica la de
Erasmo, radical y apasionada la de Servet. El de Rotterdam
defiende una reforma desde dentro de la propia Iglesia; sin
rupturas, precisamente para prevenir y evitar las que inevitablemente
se avecinan si los cambios no se producen con premura. Servet,
en su “Restitución del Cristianismo”, llama
a la rebelión de todos los cristianos para lograr una
vuelta a los orígenes y conseguir una restitución
total, que disuelva “la cautividad de la impía
Babilonia y destruya del todo al Anticristo y a sus secuaces”.
En la cuestión de la Trinidad también las
posturas de ambos son distintas. Erasmo, aunque en algunos
escritos parece dudar del dogma trinitario, no llega nunca
a rechazarlo del todo y muestra siempre cautela ante este
delicado asunto que podía acarrearle consecuencias
peligrosas. Como también se ha dicho, Servet se postula
desde sus primeras obras como totalmente contrario al dogma
trinitario, y califica a sus defensores de trideístas
y, por tanto, politeístas y paganos.
El término “irenismo” viene del griego
“eirene”, que significa “paz”, y designa
una actitud teológica que busca hacer prevalecer las
similitudes por encima de las diferencias entre corrientes
religiosas distintas. Sean éstas el islamismo, el judaísmo
y el cristianismo, o diferentes corrientes de un mismo credo.
Erasmo defendió siempre posiciones irenistas y buscó,
sobre todo, un equilibrio entre los protestantes luteranos
y los católicos vaticanistas. Sin embargo, solamente
encontró desconfianza y rechazo en ambos bandos, como
suele ocurrir cuando las posiciones se radicalizan y el fanatismo
crece. Servet defendió también un cierto irenismo
y, en el juicio que le condenó a morir en la hoguera,
fue recriminado por Calvino por haber escrito que, al contrario
que el islamismo y el judaísmo, era la iglesia católica
la que había errado en su defensa del dogma de la Trinidad
y se había alejado así de su monoteísmo
inicial.
En cuanto al libre albedrío, las buenas obras y la
gracia divina, tanto Erasmo como Servet defienden una actitud
“cooperante” del ser humano en su salvación,
pero también aquí el sijenense va más
lejos y postula que en todo ser humano hay una porción
de Dios y de divinidad. Sus contrarios le recriminaron ese
intento de divinizar al hombre, y algunos han querido ver
en ello neoplatonismo cristianizado e incluso un cierto panteísmo.
En este punto se podrían establecer, tal vez, algunas
conexiones con la filosofía de Spinozza. Además
de por su común defensa de la libertad de pensamiento,
en épocas distintas pero en ambos casos con dosis de
modernidad y de adelanto considerable a su tiempo.
Erasmo y Servet son dos gigantes del Renacimiento europeo
que, sin embargo, fueron víctimas, más el segundo
que el primero, del triunfo de las corrientes dogmáticas
y ortodoxas que ambos intentaron combatir sin éxito.
El germen de libertad que hay en su pensamiento aún
tardaría varios siglos en dar sus frutos en Europa.

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