Miguel Servet en nuestro tiempo
Por Diario del Altoaragón
16 Noviembre 2006, OcioJoven.com
La
figura del sabio aragonés -teólogo, jurista,
escritor, místico, astrónomo, editor- es, posiblemente,
la del español que salta los Pirineos, a principios
del siglo XVI. Por tanto, el primer europeísta, que
va a conocer y vivir los grandes centros de la cultura occidental
de entonces -Ginebra, Estrasburgo, Basilea, París,
Toulouse, etcétera. No quiere seguir la trayectoria
de su padre, Notario del ámbito territorial del Monasterio
de Sijena, que empezó por ser el santuario de los Reyes
de Aragón, y prefirió seguir de paje a don Juan
de la Quintana, confesor de Carlos V de España y I
de Alemania, cuya coronación por el Papa, en Bolonia,
presenció y de la que se deslumbró. Desde entonces,
a sus catorce años, ya no regresa a España.
Se licencia en Derecho, en Toulouse; luego, hará Medicina
en París, con Champier. Preocupado por los movimientos
reformistas, de los que estaba impregnado en la línea
de Erasmo el propio Emperador y su confesor, su preocupación
teológica se centró en desentrañar el
-para nosotros “misterio” de fe- dogma de la Santísima
Trinidad. Aspira a aclarar los postulados de la Reforma de
Lutero, a quien lo llega a conocer, dialoga con Melachton,
y discrepa de Calvino. Sus treinta y dos cartas a Calvino,
y su “Restitución del Cristianismo”, es
decir, desde, junto a su criterio sobre el bautismo de los
niños en edad con mayor toma de conciencia, le valieron
no pocas críticas.
Perseguido por la Inquisición francesa, por defectos
de edición en sus libros en Vianne, por la protestante-calvinista,
y por la aragonesa -acaso atracción de competencia
en la jurisdicción aragonesa-española en Italia-
y tener un sobrino eclesiástico -hijo de Pedro, que
seguiría con la Notaría, y sería canónigo
de Daroca (Zaragoza), y preconizado obispo de Albarracín,
sin duda, le hizo equivocar el camino hacia Italia. De paso,
por Ginebra, fue descubierto por el pueblo calvinista, y entregado
a la Inquisición. Quemado vivo, con leña a fuego
lento, con ejemplares de todos sus libros, quedaron tres de
la “Restitución”. Un silencio en Europa,
y en la España de entonces -casi un par de siglos-
impide una conexión, conocimiento o glosa de nuestros
maestros teólogos, filósofos y juristas del
siglo XVI, Servet se lanzó a la búsqueda de
la verdad, tenazmente, como gran aragonés.
Descubrió y narró la circulación de
la sangre. Resaltó los valores de la persona, su dignidad,
su libertad, el sentido de la tolerancia. Buscó la
regeneración del pensamiento cristiano -un anticipo
de Joaquín Costa, también aragonés. Según
M. Miller, que ha sido presidente del Congreso Internacional
Servetus en Barcelona, siendo vicepresidente Ángel
Alcalá, traductor y recopilador de todas sus obras,
“no hay otra figura en la historia de las ideas que
pudiera igualar la importancia del Servet para la evolución
de la cultura occidental”.
Nuestra aportación a ese importante Congreso servetiano,
ha sido una ponencia titulada “Ley, justicia, amor y
tolerancia en Servet”, cuya novedad en el Congreso citado
-con ilustres médicos, filósofos, teólogos,
científicos, etcétera-, era situar a Miguel
Servet dentro del Derecho Natural Cristiano de la Reforma.
Porque su tarea no se agota en su “contrarreforma”
a la “reforma” desde los propios reformistas,
sino en tratar de situar toda su reflexión para la
comprensión y vivencia de lo religioso, aunque predominase
lo cristológico. Se trata de discernir las aportaciones
de Servet al mundo de lo jurídico, frente al nominalismo,
el positivismo, el historicismo, penetrando sin demagogia,
en el sentido de una libertad impresa por el Creador, su dignidad,
y la búsqueda de la Verdad, en que ha de basarse la
tolerancia o la libertad de conciencia. Por todo ello, se
puede ver en Servet un anticipador de la doctrina de los derechos
humanos, tal como ahora se proclama.

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