Servet, quemado por caníbales con manteos
Por RAÚL DEL POZO para elMundo.es
Voltaire
resumió así el desdichado final de Miguel Servet: caníbales
con manteos negros se apoderaron de él, de su dinero, y le
quemaron a fuego lento para agradar a Calvino. Los jueces
de Ginebra violaron los derechos de las naciones y destruyeron
a un héroe de la conciencia libre, a un médico, que como después
su paisano Cajal, revolucionó la medicina. El protestantismo
tiene en la conciencia su Galileo, aquel baturro que se iba
de la mojarra, con un ego incontenible y una genialidad cercana
a Goya, o a Buñuel; como el de Calanda vivió entre la fe y
la blasfemia. Llegó a decir que creer en la Santísima Trinidad
era como adorar a un perro de tres cabezas.
«Nosotros –dijeron las cucarachas–, síndicos, jueces de las
causas criminales en esta ciudad (Ginebra), visto el proceso
hecho y formado ante nosotros a instancias de nuestro procurador
criminal, contra ti, Miguel Servet, de Villanueva, en el reino
de Aragón, en España, por el cual y por tus voluntarias confesiones
en nuestras manos hechas y muchas veces reiteradas, y por
los libros presentados ante nosotros, consta y resulta que
tú, Servet, has enseñado doctrina falsa y plenamente herética.
Te condenamos a ser atado y conducido al lugar de Champel
y allí sujeto a una picota y quemado vivo juntamente con tus
libros, hasta que tu cuerpo sea totalmente reducido a cenizas».
Era alto, sombrío, moreno, empecinado, tozudo, pedante, sabio,
superdotado, paje de obispos, corrector de pruebas en la clandestinidad.
Su blanca barba hasta la cintura ardió y también se quemó
un cerebro como el de Einstein, cuando las mejores mentes
eran destruidas por los papas sodomitas y los luteranos psicópatas.
El sabio padecía de una malformación inguinal, posiblemente
a consecuencia de una sífilis que trajeron los primeros navegantes
de las Indias. Hijo de un notario, de familia de marranos,
aunque infanzones, se disipó por las fronteras con diversos
alias y apodos; igual que Vives y tantos nigromantes, librepensadores,
místicos y santos, anduvo errante, riñó con todos los teólogos,
en todas las ciudades, se opuso al bautismo de los niños.
Lo destruyeron porque no estaban de acuerdo con sus interpretaciones
de la Biblia, porque descubrió la circulación pulmonar y porque
jamás se arrodilló ante patrañas. Fue en las orillas del lago
de Ginebra. Dijo el ministro ginebrino: «Ya veis cuán gran
poder ejerce Satanás sobre las almas de que toma posesión.
Este hombre es un sabio, y pensó enseñar la verdad; pero cayó
en poder del demonio». Lanzó espantosos aullidos. El verdugo
lo amarró a la picota, le puso una corona de paja untada de
azufre y al lado un ejemplar del Christianismi restitutio.
Con una tea prendió fuego a los haces de leña, húmeda por
el rocío de la mañana.
– ¿Por qué no acabo de morir? Las 200 coronas de oro y el
collar que me robásteis, ¿no os bastaban para comprar la leña
suficiente para consumirme? Los ginebrinos echaron troncos
secos para aliviar el martirio. Así que no está basado en
la historia aquel texto de Borges: «Una tradición oral que
recogí en Ginebra refiere que Servet dijo a los jueces que
lo habían condenado: ‘Arderé, pero ello no es otra cosa que
un hecho, ya seguiremos discutiendo en la eternidad’».
Acusado de escribir 38 proposiciones heréticas, de haber
difamado a la persona de Calvino y a la iglesia de Ginebra,
se le objetó que hubiera escrito de la fertilidad de la Palestina
en un libro sobre Tolomeo. Calvino le acusó de panteísta;
lo visitó en el calabozo cuando las pulgas se lo comían «Mis
calzas están desgarradas, y no tengo camisa que mudarme».
– ¿Crees, infeliz, que la tierra que pisas es Dios? –le preguntó
Calvino.
– No tengo duda de que este banco, esa mesa, y todo lo que
nos rodea es la sustancia de Dios.
– Entonces también lo será del diablo.
– ¿Y lo dudas?
Nació en la época de hechiceras, conjuros eróticos, jamás
olvidó el aroma del romero. En Villanueva de Sijena, a 16
kilómetros de Sariñena, estudió para ser el más grande de
todos los herejes. Según Menéndez Pelayo, entre los heresiarcas
españoles ninguno le vence en audacia y originalidad de ideas,
ni en lo ordenado y consecuente del sistema, ni en el vigor
lógico y en la trascendencia ulterior de sus errores. Nació
en Tudela, pero se crió en Villanueva. «Son clarísimos –escribió–
los españoles de todo orden, por sus navegaciones oceánicas».
Habla con melancolía de las mozas de su pueblo que se perforaban
los lóbulos de las orejas con un arete de oro o de plata.
«Rodean también su talle con cinturón de madera, para parecer
más pomposas y no salen de casa si no las acompaña una caterva
de criados que las precede y de criadas que la siguen. Se
abstienen del vino y deforman su rostro con colirios, munio
y cerusa».
Creo que al genio se le iba de vez en cuando la olla, porque
tuvo alucinaciones; descubrió a Jesús cabalgando en la cuádriga
de Ezequiel y entre los mirtos de Zacarías y a Cristo caminar
en las olas del viento, midiendo los cielos con su palmo,
«le caben en sus manos las aguas del mar».
«¡Oh, Cristo, Hijo de Dios eterno, salva mi ánima! ¡El hacha!
¡El hacha!», murmuró el caballero andante de la Teología.
Théodore de Béze piensa que hay tres terribles monstruos religiosos
nacidos en España en el siglo XVI, Loyola, Servet y el conquense
Juan de Valdés.
En aquella época, los españoles no eran tan horteras como
hoy, ni iban por las ciudades del mundo a comprar, sino a
discutir de teología y de amor. Descubrió la impiedad cuando
conoció al franciscano José de Quintana, erasmista, confesor
de Carlos V. Con él asistió a la coronación del emperador
en Bolonia dos años después de la mañana del 5 de mayo de
1527, cuando al atardecer, 25.000 furiosos mendigos con espada
y antorcha en la mano, con el santo y seña de Imperio, España,
Victoria, invadieron rugiendo Roma. El paje adolescente del
cardenal asistió después a la coronación de Carlos V por Clemente
VII. Allí se dio cuenta de que al Papa lo llevaban los príncipes
en los hombros, y el pueblo vivía de rodillas. Después de
ver el espectáculo diría: «La Iglesia católica es una prostituta».
Las dos iglesias cayeron sobre él. «Hoy –escribió Jiménez
Losantos– ni católicos ni protestantes gustan de recordar
a quienes quemaron, pero tampoco los ateos guardan consideración
por quienes dedicaron lo mejor de su tiempo a la teología».
La Iglesia protestante reparó en parte su culpa cuando le
erigió un monumento. «Somos hijos de Calvino, pero lamentamos
el error del siglo».

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