Miguel Servet vuelve de la hoguera
Salen las obras completas del teólogo aragonés
perseguido por católicos y protestantes.
27 de noviembre, 2003
Saúl Fernandéz
La Nueva España de Oviedo
El profesor de la Universidad de la ciudad de Nueva York,
Ángel Alcalá, reúne por vez primera las
obras completas del médico y teólogo aragonés
Miguel Servet. Con motivo del 450 aniversario de su muerte,
la Diputación General de Aragón y el Instituto
de Estudios Altoaragoneses publicarán a lo largo de
los próximos años 2004 y 2005 los seis volúmenes
en que se han organizado los escritos de este pensador español.
El primero de ellos fue presentado en el Paraninfo de la Universidad
de Zaragoza el pasado 27 de octubre, coincidiendo con la fecha
en que el Consejo de la muy teocrática ciudad de Ginebra
dictó sentencia de muerte en la hoguera contra el heresiarca
Miguel Servet Conesa. Este volumen lleva por título
Vida, obra y muerte. Lucha por la libertad de conciencia.
Documentos.
Se prevé que salgan a la luz en 2004 los volúmenes
II, III y IV, los correspondientes a los primeros escritos
teológicos, a los escritos científicos y a la
polémica con Juan Calvino. En 2005 se publicará
en dos volúmenes la más importante obra de Servet:
Christianismi restitutio. Miguel Servet escribió en
latín y en francés. Sus obras completas serán
editadas de forma bilingüe.
Parece ser que ya de niño era un sabio en ciernes.
Su padre era notario real, es decir, su familia vivía
con holgura y sin problemas de dinero. Con apenas 14 años,
Juan de Quintana, un monje franciscano que con el correr del
tiempo se iba a convertir en confesor del emperador Carlos
V, le llamó a su lado. Este personaje será crucial
para la vida futura de Servet, su protector en las primeras
polémicas, las referidas, sobre todo, a su particular
concepción de la Trinidad.
Nació Servet en Villanueva de Sijena, en la actual
provincia de Huesca, el 29 de septiembre de 1511. La personalidad
de este médico y teólogo aragonés era
ciertamente compleja. Defendió sus ideas de manera
dialécticamente intolerante, aunque nunca se traslució
de sus palabras fanatismo ninguno. Es el primer cristiano
que escribe sobre la libertad de conciencia, el primero que
tiene ánimos para defender sus ideas y enfrentarse
de esta manera a una sociedad todavía y por muchos
siglos intransigente. Fue perseguido por católicos,
por protestantes, por científicos, por todos. Murió
en el barrio ginebrino de Champel. Y nunca abjuró de
sus ideas.
Fue médico e intuyó la importancia de los pulmones
en la generación sanguínea. Siglos después
sus teorías fueron reconocidas y sancionadas como ciertas.
Descubrió los movimientos sístole y diástole
del corazón. Sus tesis teológicas parten de
las primeras lecturas de la Biblia, en la Universidad de Toulouse,
donde su padre le matriculó con el deseo de verle convertido
en abogado. No sucedió así: los caminos de Dios
son inescrutables. Aquellas primeras lecturas se hicieron
sobre la versión no expurgada del judío español
Cipriano de Varela. Servet observó problemático
el concepto de la Santísima Trinidad para la evangelización
de judíos y musulmanes y observó de la misma
manera que en ningún capítulo del libro sagrado
se hablaba de este precepto ineludible del catolicismo. La
Santísima Trinidad fue instituida como dogma de fe
tres siglos después de la muerte de Jesucristo. Otra
de las sorpresas del joven Servet.
Fruto de aquellos años como estudiante de Derecho
en excedencia son dos importantes libros editados por un atrevido
librero de Hagenau, en Alsacia, titulados De trinitatis erroribus
y Dialogorum de trinitate. En 1531 y 1532, respectivamente.
Un año antes su protector, Juan de Quintana, le pidió
que le acompañara a Bolonia, ciudad en la que iba a
ser coronado el emperador Carlos. Aquel viaje italiano le
permitió observar los lujos y las inconsecuencias de
la corte papal. Dejó el boato y viajó a Basilea.
Allí conoció a Ecolampadio, pastor local de
la reforma cristiana. La sabiduría de aquel joven español
le cautivó en un principio. Al final no: le llamó
blasfemo, judío y musulmán. Dijo el reformado
que Servet merecía el suplicio.
Calvino decidió que Servet debía morir. Sus
planteamientos atentaban contra las tesis del poderoso jefe
de la ciudad de Ginebra: era necesario que ardiera hasta la
muerte. Ecolampadio consideraba que las ideas de Servet eran
heréticas y por eso era preciso acabar con la vida
del aragonés. Los protestantes hicieron hincapié
en las persecuciones crueles a las que los católicos
les sometieron por herejes. Estos católicos recordaron
que Servet -bautizado- murió en Ginebra acusado de
heresiarca. La conclusión final es obvia: las ideas
delinquen. Servet no creía tal cosa. Era, quizá,
demasiado ingenuo.
Servet en Basilea intentó entrevistarse con Erasmo.
No pudo y por eso viajó a la ciudad de Estrasburgo,
ciudad en la que conoció a Bucer y a Capito que, como
siempre, le rechazaron; como Zwinglio poco después.
Aquellas primeras y enfervorizadas defensas de sus teorías
teológicas levantaban ampollas en toda Europa. En las
cortes protestantes y en la muy católica España.
La Inquisición patria envió a su hermano Juan
Servet a Estrasburgo: debía convencerle de que regresara
a su país donde iba a ser interrogado. Sus dos primeros
libros estaban en el punto de mira y Servet estaba aterrado.
Su particular concepción de Dios se fundaba en un panteísmo
místico que indignaba a tirios y a troyanos. Una vida
en los caminos para terminar agonizando en la hoguera de hierba
húmeda.
Huyó a París y a Lyon y tomó el nombre
de Michel de Villeneuve, en recuerdo de su lugar de origen.
Trabajó como impresor y corrector de pruebas en esta
última ciudad. De entonces data su edición crítica
de la Geografía de Ptolomeo. Aquellas anotaciones también
fueron problemáticas. Escribió que Palestina
era demasiado pobre para ser «tierra prometida»
y le acusaron de difamar a Moisés.
Sinforiano Champer le animó a terminar sus estudios
de medicina que inició en Italia cuando lo de Carlos
V en Bolonia. En 1536 escribió la pequeña obra
apologética a favor de este maestro. Regresó
a París y amplió sus conocimientos médicos
con los mejores del mundo: Vesalio, Farnel y Hans Gunther.
De entonces son sus intuiciones hematológicas que le
iban a hacer célebre. No le dio tiempo a transformar
sus intuiciones en certezas y Vesalio se apropió de
ellas. Quizá no mencionara a Servet por razones de
seguridad. Quizá ni se lo planteó.
Servet escribió otra pequeña obra, esta vez
contra el sistema educativo de la Facultad de Medicina. Syroporum
universia ratio ad Galeni censuram. Otra vez tuvo que salir
de la ciudad por pies. Otra vez se empeñó en
defender la libertad de conciencia.
En aquellos años parisinos conoció bien a Juan
Calvino, estudiante como él con el que trató
de sostener una controversia teológica que al final
no tuvo lugar. El protestante era entonces un prófugo
de la justicia.
La huida de París le condujo a Vienne del Delfinado.
En esta ciudad el arzobispo Pierre Palmier le acogió
como médico de su corte. Una manera de protegerlo de
la ingente cantidad de enemigos que Servet cultivaba con inocencia
y desdén.
En Vienne editó y anotó la Biblia de Sancte
Pagnino. Este trabajo editorial abrió las puertas de
la crítica bíblica moderna. En Vienne vivió
unos doce años de tranquilidad desconocida. En 1546
iniciaría la redacción de su magna obra: «Restitución
del cristianismo». En este libro, editado finalmente
en 1553 -el mismo año de su muerte- expone de forma
gruesa su teoría hematológica acerca de la circulación
menor de la sangre.
En aquel tiempo inicia su correspondencia fatídica
con Juan Calvino. Aquellas cartas en las que Servet adelantaba
al teólogo de la Picardía francesa sus tesis
cristianas al final le iban a conducir a la hoguera. Juan
Calvino escribió Institutición del cristianismo,
el libro clave de la reforma protestante fuera de Alemania.
Aquella correspondencia exasperaba cada vez en mayor medida
al Dictador de Ginebra, de tal modo que en una carta a su
amigo Farel le anunció que Servet no se escaparía
con vida de Ginebra si alguna vez se le ocurría viajar
a la ciudad del Leman. Y cumplió su promesa.
Servet le envió a Calvino un manuscrito de su «Christianismi
restitutio». Calvino le respondió con su Christianismi
Institutio y se cansó de discutir con el español.
Decidió usar a sus espías para que de alguna
manera influyeran en la Inquisición de Vienne, para
que persiguieran al herético Servet. Lo consiguió
y el médico volvió a escapar. Vagó por
la frontera francoalemana esperando la oportunidad de establecerse
en Nápoles. De camino a Italia se detuvo en Ginebra.
Se presentó como Miguel Vilamonti en la Catedral de
San Pedro donde predicaba Calvino. Era domingo y fue incapaz
de vencer la tentación de escuchar a su enemigo religioso.
Lafontaine, el secretario de Calvino, le descubrió
y fue prendido.
Miguel Servet contó con Perrin y Bathelier, dos enemigos
políticos de Calvino, como abogados defensores. Se
enfrentaba el aragonés al pequeño Consejo de
la ciudad. Calvino manejaba los hilos de aquel proceso. El
26 de octubre de 1553 Perrin intentó elevar la causa
al Gran Consejo, con 200 miembros, más difícil
de controlar, pero su propuesta fue rechazada. Al amanecer
del 27 de octubre, hace 450 años, Servet y un ejemplar
de su obra «Restitución del cristianismo»,
junto con algunos manuscritos, ardieron en una hoguera levantada
en las afueras de Ginebra. En el barrio de Champel. Hoy la
ciudad le recuerda arrepentida.

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